San Andrés Kim Taegon: un sacerdote que permaneció fiel hasta la muerte

San Andrés Kim Taegon: un sacerdote que permaneció fiel hasta la muerte

En la historia de la Iglesia existen lugares donde la fe cristiana echó raíces en medio de grandes dificultades y fue regada con la sangre de sus mártires. Corea es uno de ellos. Allí, durante los siglos XVIII y XIX, el Evangelio comenzó a abrirse camino de una manera extraordinaria, sostenido inicialmente por laicos y posteriormente fortalecido por sacerdotes y misioneros que arriesgaron su vida para anunciar a Jesucristo.

Entre los frutos más luminosos de aquella Iglesia naciente se encuentra san Andrés Kim Taegon, primer sacerdote coreano y uno de los 103 mártires de Corea, canonizados solemnemente por el papa san Juan Pablo II el 6 de mayo de 1984, durante su visita a Seúl. La Iglesia celebra su memoria, junto con la de san Pablo Chong Hasang y sus compañeros mártires, el 20 de septiembre.

Una familia marcada por la fe

Andrés Kim Taegon nació en Solmoi, Corea, en 1821, en el seno de una familia profundamente cristiana. La fe no era para él una simple tradición familiar, sino una realidad por la que sus seres queridos estaban dispuestos incluso a entregar la vida.

Su padre, san Ignacio Kim Che-jun, sufrió el martirio en 1839. El joven Andrés creció, por tanto, contemplando en su propia familia el precio de seguir a Cristo. Aquella experiencia debió marcar profundamente su vocación: comprendió que la fe cristiana no consistía solamente en profesar unas verdades, sino en permanecer fieles a Jesucristo incluso cuando hacerlo podía costar la propia existencia.

Muy joven, Andrés fue enviado a estudiar a Macao, donde recibió formación para el sacerdocio. Su camino hacia el ministerio estuvo lleno de dificultades. En su regreso hacia Corea recibió diversas órdenes sagradas y llegó al diaconado durante su estancia en Mongolia. Finalmente, en agosto de 1845, fue ordenado sacerdote en las proximidades de Shanghái.

Con aquella ordenación comenzaba una misión extraordinariamente peligrosa: regresar a Corea para servir pastoralmente a los cristianos que vivían su fe bajo persecución.

El primer sacerdote coreano

El regreso de Andrés a su patria estuvo marcado por un largo y accidentado viaje. Sin embargo, consiguió llegar a Corea y comenzó a ejercer su ministerio sacerdotal con intensidad y celo.

No encontró una Iglesia tranquila ni protegida. Los católicos vivían en medio de dificultades y persecuciones, y la presencia de sacerdotes era escasa. Andrés sabía que su ministerio podía conducirlo a la cárcel y al martirio, pero no permitió que el miedo determinara sus decisiones.

Además de atender espiritualmente a los fieles, trabajó para encontrar caminos que permitieran la entrada de otros misioneros en Corea. Su preocupación no era solamente conservar su propia vida, sino procurar que el Evangelio pudiera seguir siendo anunciado y que los cristianos coreanos pudieran recibir los sacramentos y la formación de la Iglesia.

La prisión y la fidelidad

En junio de 1846, mientras intentaba facilitar la llegada de misioneros, Andrés fue arrestado. Fue llevado a la prisión general de Seúl y sometido a fuertes presiones para que abandonara la fe católica.

Aquellos que lo interrogaban utilizaron amenazas y también intentos de persuasión. Pero el joven sacerdote permaneció firme.

Aquí aparece uno de los aspectos más conmovedores de su testimonio. Andrés Kim Taegon no fue mártir porque buscara la muerte. Fue mártir porque no estuvo dispuesto a negar a Cristo para conservar su vida.

La tradición cristiana siempre ha visto en los mártires una manifestación extraordinaria de la gracia de Dios. El mártir no confía únicamente en sus propias fuerzas. Es Cristo quien sostiene al discípulo cuando llega la hora de la prueba.

San Andrés había aprendido esto desde su propia familia. Había visto a su padre entregar la vida por la fe y ahora él mismo debía recorrer el mismo camino.

“Hasta la muerte”

Condenado a muerte, Andrés Kim Taegon fue decapitado el 16 de septiembre de 1846, en Sai-Nam-Nte, cerca de Seúl. Tenía solamente veinticinco años.

Su vida sacerdotal había sido breve, pero su testimonio fue extraordinariamente fecundo. El joven sacerdote murió sin renegar de Jesucristo y quedó unido para siempre a aquella Iglesia coreana que había nacido y crecido en medio de la persecución.

Décadas después, la Iglesia reconocería oficialmente la santidad de Andrés y de sus compañeros. El 6 de mayo de 1984, san Juan Pablo II canonizó en Seúl a los 103 mártires de Corea. Fue un acontecimiento de enorme significado para la Iglesia coreana y para toda la Iglesia universal.

Una Iglesia nacida del testimonio

La historia de los mártires coreanos recuerda una realidad fundamental: el cristianismo no se sostiene únicamente por estructuras, edificios o instituciones. Se sostiene, ante todo, por hombres y mujeres que creen verdaderamente en Cristo.

San Andrés Kim Taegon pertenece a esa categoría de cristianos cuya vida parece decirnos con fuerza las palabras de san Pablo: “Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia” (Flp 1,21).

Su martirio nos invita a preguntarnos qué significa realmente nuestra propia fidelidad. Quizá no se nos pida derramar nuestra sangre por la fe. Pero sí podemos encontrarnos diariamente ante pequeñas pruebas: permanecer fieles a la verdad, cumplir los mandamientos, defender la dignidad humana, perseverar en la oración, recibir los sacramentos y mantenernos junto a Cristo cuando hacerlo resulte difícil.

El ejemplo de san Andrés nos enseña que la fidelidad se construye antes de la gran prueba, mediante pequeñas decisiones cotidianas.

Un sacerdote para la Iglesia universal

San Andrés Kim Taegon fue coreano, pero su testimonio pertenece a toda la Iglesia. Su sangre derramada por Cristo se convirtió en semilla de esperanza para generaciones posteriores.

Su vida también recuerda el valor de la evangelización. Él recibió la fe, la custodió, la vivió y quiso transmitirla a otros. No permitió que las dificultades de su tiempo apagaran su celo apostólico.

Por eso, cuando la Iglesia celebra su memoria el 20 de septiembre, no recuerda solamente a un joven sacerdote que murió en el siglo XIX. Celebra a un discípulo que comprendió que Cristo vale más que la propia vida.

Pidamos a san Andrés Kim Taegon que interceda por todos los cristianos que sufren persecución, por los sacerdotes que anuncian el Evangelio en lugares difíciles y por todos nosotros, para que nunca abandonemos a Cristo cuando la fe sea puesta a prueba.

Que su ejemplo nos ayude a comprender que la verdadera fortaleza cristiana no consiste en no tener miedo, sino en permanecer fieles a Dios aun cuando tengamos miedo.

Y que podamos hacer nuestra la oración de la Iglesia:

Oh Dios, creador y salvador de todos los hombres, que en Corea, de modo admirable, llamaste a la fe católica a un pueblo de adopción y lo acrecentaste por la gloriosa profesión de fe de los santos mártires Andrés, Pablo y sus compañeros, concédenos, por su ejemplo e intercesión, perseverar también nosotros hasta la muerte en el cumplimiento de tus mandatos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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