La impresión de las llagas de San Francisco de Asís

La impresión de las llagas de San Francisco de Asís: cuando el Crucificado quedó grabado en su cuerpo


Cada 17 de septiembre, la Iglesia celebra la memoria de la Impresión de las Llagas de San Francisco de Asís, uno de los acontecimientos más extraordinarios de la vida del santo y una de las manifestaciones más profundas de su amor a Jesucristo crucificado.

San Francisco nació en Asís, Italia, hacia 1181 o 1182. Después de una juventud marcada por los ideales propios de su época, experimentó una profunda conversión que transformó completamente su existencia. Desde entonces, buscó vivir el Evangelio con radicalidad, abrazando la pobreza, la penitencia, la humildad y, sobre todo, una unión cada vez más íntima con Cristo.

Entre todos los misterios de la vida de Jesús, Francisco sentía una particular devoción por la Pasión del Señor. Para él, la cruz no era solamente el instrumento del sufrimiento de Cristo, sino el signo supremo del amor de Dios por la humanidad. Francisco quería configurarse con su Maestro no solamente en las palabras, sino también mediante una vida entregada al sacrificio y al servicio.

En septiembre de 1224, dos años antes de su muerte, Francisco se retiró al monte Alvernia, buscando un tiempo de silencio, oración y penitencia. Según la tradición franciscana, durante aquellos días tuvo una extraordinaria experiencia mística. Mientras se encontraba en profunda contemplación, contempló a un serafín con seis alas, que llevaba la imagen de Cristo crucificado. Después de esta visión, Francisco recibió en su cuerpo las señales de la Pasión: las llagas en las manos y los pies, y la herida del costado.

La tradición identifica este acontecimiento con los estigmas, es decir, la configuración corporal con las heridas de Cristo crucificado. Sus primeros compañeros pudieron observar las llagas de sus manos y pies durante su vida; después de su muerte también pudieron contemplar la herida del costado. Los testimonios franciscanos sobre este acontecimiento fueron transmitidos y conservados por la Orden.

Más allá del aspecto extraordinario del acontecimiento, su significado espiritual es fundamental. Las llagas de Francisco recuerdan que la verdadera imitación de Cristo no consiste únicamente en admirarlo, sino en permitir que su amor transforme toda nuestra existencia.

Francisco no buscó el sufrimiento por sí mismo. Buscó a Cristo, y encontró en la cruz la expresión suprema del amor divino. Por eso, sus estigmas pueden contemplarse como un signo de aquella oración que dirigía constantemente al Señor: conocerlo, amarlo y seguirlo hasta identificarse con Él.

La memoria de esta gracia invita también al cristiano de hoy a mirar nuevamente el Crucificado. En un mundo que muchas veces huye del sacrificio, San Francisco proclama con su vida que el amor auténtico sabe entregarse.

Las llagas de Francisco, por tanto, no apuntan hacia Francisco mismo, sino hacia Jesucristo. Son un recordatorio de que quien contempla con fe al Crucificado está llamado a dejar que el amor de Cristo transforme su corazón y lo convierta en instrumento de paz, misericordia y caridad.

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