Santa Beatriz de Silva

Santa Beatriz de Silva
Don Rui Gomes da Silva, bravo caballero portugués, participo en la toma de Ceuta y permaneció allí –territorio Luso en África, como Alcaide de la fortaleza y villa fronteriza de Campo Mayor. Por su heroísmo y coraje, recibió allí en matrimonio a Doña Isabel de Menezes, hija del Conde de Villa Real Santa Beatriz de Silvailustre descendiente del primer monarca portugués Don Alfonso Henriques. Fue en el seno de aquel matrimonio que nació en 1426 Beatriz da Silva e Menezes, octava hija del noble matrimonio. A su elevado origen, unía Doña Isabel singulares virtudes de virtud y madre que supo educar con profundo sentido católico sus numerosos hijos.

Calmada e inocente hasta los 23 años

Desde su más tierna edad, Beatriz demostró cualidades excepcionales: Docilidad, rectitud de conciencia, inclinación a las virtudes, y atracción por las cosas elevadas y espirituales. En cierta ocasión su padre le encomendó a un pintor un cuadro de la Sanísima Virgen María. Escogida para posar como modelo, Beatriz se mantuvo todo el tiempo con los ojos bajos, por humildad. El cuadro todavía existe y es conocido como La Virgen de los Ojos Cerrados.

Hasta la edad de sus 23 años vivió calmadamente en el seno de su familia, pero fue en 1447 cuando su vida sufrió un gran cambio. La Princesa Doña Isabel –su prima hermana de 19 años de edad, iba a contraer matrimonio con Don Juan II de Castilla y la escogía para que fuera una de sus damas de honor en la Corte española.

Beatriz confió entonces a Nuestra Señora la perspectiva abierta por tal invitación, y aunque todavía en aquella época no estuviese definido el dogma de la Inmaculada Concepción, era por ese nombre que Beatriz gustaba siempre de invocar a la Virgen. Una voz interior le inspiraba el ideal de emprender algo verdaderamente grande para la mayor gloria de la Madre de Dios, pero ella no sabía cómo realizarlo. Pero ahora, parecía brillar una luz: ¿No sería su ida para la Corte, un medio para poner en práctica ese ideal?

Consta que ni le pasó por la mente las honras, la posición social y el desataque que podría tener en la Corte. Su preocupación era, sobre todo, la glorificación de Dios.

Virtud intacta en medio de las tentaciones de la Corte

Beatriz partió a la Corte pero encontró allá un ambiente muy diferente de aquel en el que había sido educada y formada moralmente. La Corte tenía la costumbre de desplazarse continuamente de Tordesillas hasta Madrigal de las Altas Torres y viceversa, según las necesidades y circunstancias.

El Fausto y el lujo de las cortes del siglo XV, estaban alcanzado su apogeo: banquetes, torneos, cacerías, bailes, fiestas, profusión de hermosas joyas y vestidos, palacios ricamente decorados, todo eso influenciaba negativamente sobre la clase noble porque con ello no faltaban las envidias, las comparaciones, las competencias, las intrigas, la ambición y la hipocresía.

Y Beatriz poseía una belleza, dignidad, gentileza y trato que impresionaban extraordinariamente. Todo mundo en la Corte afirmaba que nunca se había visto mujer noble más bella y recatada en tierras de España y Portugal. Recibía por eso innumerables elogios muy frecuentes tanto de damas como de caballeros. Pero Beatriz atraía mucho sobre todo por la belleza espiritual. Su grandeza de alma la mantenía notoriamente muy por encima de todas las frivolidades mundanas cualidad que al mismo tiempo la hacía ser muy condescendiente y bondadosa con todos, excepto, claro está, con aquellos o aquellas que ella notaba la podían desviar de su recto camino.

Víctima de los celos de la Soberana

Ya habían pasado tres años desde la llegada de Beatriz a la Corte. Sus virtudes que antes produjeron admiración comenzaron a volverse causa de celos y comparaciones de lo que incluso la propia reina Isabel no quedó exenta.

Malvados rumores comenzaron a salpicar dudas sobre la virtud de Beatriz, esto porque el rey Don Juan II, hombre de carácter tímido e inseguro, algunas veces buscaba aliento para gobernar su reino, en las elevadas conversaciones que mantenía con ella. Surgieron entonces en la mente de la reina ideas fantasiosas a cerca de la fidelidad conyugal del rey su esposo.

Poseída de un odio que se fue haciendo cada vez más profundo, la reina comenzó a maltratar y a humillar a Beatriz. Además de reprenderla severamente en público, la aislaba del conjunto de sus nobles damas de compañía despreciándola por medio de palabras ásperas y cortantes. Aunque la santa soportaba todas estas humillaciones con ejemplar humildad y redoblase sus manifestaciones de amor y lealtad para con su reina, esta decidió de una vez por todas librase de ella pero no simplemente apartándola de su compañía.

Cierta noche, habiendo llegada muy cansada a sus aposentos, Beatriz derramó abundantes lágrimas a los pies de una imagen de Nuestra Señora implorándole fuerzas para mantenerse fiel en aquella dramática situación y poder cumplir el llamado que sentía en el fondo de su alma. De repente oyó unos fuertes golpes en la puerta. ¿Quién podría ser a esas horas? Era la reina Doña Isabel que la fulminaba con una mirada desorbitada asegurando en la mano una lámpara encendida.

– ¡Sígame! Le ordenó con voz firme la soberana. La joven dama dejando pronto sus aposentos, siguió a la reina que a pasos rápidos comenzó a dirigirse a la parte inferior del castillo.

Atravesaron largos corredores y descendieron empinadas escaleras que conducían a un subterráneo. Allí la oscuridad era completa y las paredes frías húmedas. Beatriz tuvo miedo de las intenciones de la soberana que se detuvo ante un cofre grande, alto y estrecho y con extraña y sarcástica carcajada como si hubiese perdido la razón, le dio:

– ¡Ja! Me has engañado hasta ahora. Pretendes conquistar al rey y librarte de mí para subir al trono de Castilla. ¡No lo conseguirás! Entra ahí o yo misma de arrojaré allá adentro. Mirándola firmemente, Beatriz le respondió:

– Señora, queréis matarme pero sabéis que soy inocente de las culpas que me imputáis. Dios, justo juez, sea testigo de este vuestro acto. Que Él os perdone esta locura, prima mía dándoos la gracia del arrepentimiento para purificar vuestra alma. Doña Isabel la empujó con violencia dentro del cofre y cerró la tapa con una gran llave. Esperaba que la falta de oxígeno asfixiase a la que torpemente creía su “rival”.

Entre el pavor y la oscuridad brilla la Inmaculada

La noble dama se vio entonces sin posibilidades de salvación. Moriría sin los Sacramentos, sin ayuda de nadie, en una larga, lenta y pavorosa agonía. Comenzaba a sentir ya la falta de aire. Solamente un milagro podría ayudarle. Confiada, se dirigió entonces a su Inmaculada:

– ¡Oh María Inmaculada, valedme! Y al momento, más resplandeciente que el propio sol, apareció Nuestra Señora vestida de blanco, con un manto azul y llevando al Niño Jesús en los brazos.

– Hija mía, no morirás. Te conservaré la vida para la realización de lo que tanto has deseado. Fundarás una gran orden religiosa con el título de la Inmaculada Concepción. Tus hijas vestirán un hábito a estos Santa Beatriz de Silvavestidos que llevo y se dedicarán a servir a Dios en unión conmigo.

Arrebatada por tal visión, Beatriz permaneció tres días en el cofre, llena de consolación y alegría sin sentir pasar el tiempo.

Su tío, Don Juan de Menezes, que también residía en la Corte, notando la ausencia de su sobrina, fue a pedirle noticias a Doña Isabel. Entonces la reina lo condujo hasta el lugar del cofre creyendo encontrar ahí un cadáver. Pero, ¡cuál no fue su sorpresa! Al abrir el cofre, salió Beatriz bella y reluciente como un diamante.

Preparación para una gran fundación

Beatriz perdonó a su prima que se había arrepentido, pero resolvió alejarse de las intrigas de la Corte y buscar refugio en el monasterio de Santo Domingo el Real situado en Toledo. En aquellos tiempos era común que los conventos alojaran personas de alta categoría que, sin obligación de someterse al reglamento, llevaran sin embargo vida monacal. Y era ese el estilo de vida que Beatriz anhelaba. No le serviría más a una reina de la tierra, sino a la Reina de los Cielos.

Doña Isabel, para reparar todo lo que había hecho, le preparó lo necesario para hacer aquel largo, arriesgado y penoso viaje. En el camino se encontró con dos frailes franciscanos que le hablaron proféticamente sobre el futuro de la fundación. Ella los convidó a cenar en la próxima posada donde se detendrían, pero a los ojos de todos, los dos frailes desaparecieron. Comprendió entonces Beatriz que se trataba nada menos que de San Francisco de Asís y San Antonio de Padua que se le aparecieron para fortalecerla y animarla a seguir en su emprendimiento.

Después de trasponer los umbrales de la clausura del monasterio, la noble dama cubrió para siempre su bello rostro con un velo blanco que usaría hasta el fin de su vida para ocultar su hermosura a los ojos del mundo y ofrecérsela solamente a Dios. Nunca más aquella bella fisonomía –que conservaría su lozanía frescura hasta la muerte, volvería a ser vista por las criaturas.

El silencio, el recogimiento y el ceremonial del monasterio, la prepararon para enfrentar las dificultades que serían la base de su fundación. La visión que había tenido dentro de aquel bendito cofre nunca la abandonaba… pero ¿cuándo llegaría el día de vestir aquel hábito azul y blanco, símbolo de la inmaculada?

Frutos de una larga espera

Las largas esperas anuncian que Dios será generoso en el momento de dar. Pasaron más de treinta años. Vistiendo siempre un simple sayal religioso, Beatriz, apenas como huésped del monasterio se comportaba de la manera como perfecta religiosa que muchas monjas profesas la tomaban como modelo.

El 1484 –Beatriz ya de 58 años de edad, una importante visita llega al monasterio: era la reina Isabel la católica, hija de aquella otra Isabel que había querido quitarle la vida a Beatriz. La actual reina de España, venía a pedir oraciones a las monjas, dada la difícil situación política en que se encontraba el reino. Habiendo tenido oportunidad de conversar con la reina, esta, al final de la conversación, muy interesada en lo que le contara Beatriz, le ofreció un palacio de su propiedad junto a la iglesia de la Santa Fe en el propio Toledo para que iniciara allí su tan anhelada obra. Beatriz vio en esa oferta la mano de la Divina Providencia y aceptó: ¡Había llegado el momento de la fundación!

La fundación

La noticia de la fundación del nuevo monasterio corrió rápidamente por todas partes. Bien pronto se presentaron varias candidatas, la gran mayoría provenientes de familias de la nobleza que quería vincularse a esa nueva orden religiosa femenina perteneciente a las Concepcionistas Franciscanas, pues se había decidido que sería una rama de la Orden de los Frailes Menores o Franciscanos. A todas las candidatas Beatriz las instruiría sobre la austeridad de la vida monacal, la clausura rigurosa, el silencio y el espíritu de mortificación.

Doce de esas jóvenes perseveraron en sus piadosos deseos, incluida Filipa da Silva, sobrina de Santa Beatriz quien se empeñó totalmente en la formación de sus hijas espirituales, tomando como modelo y maestra a su Santa Madre logrando que todas se moldearan por ese gran espíritu.

Vivían en contemplación vistiendo el hábito blanco y la capa azul de la aparición y además ceñían el cordón franciscano. Usaban también un gran broche con la imagen de la Inmaculada rodeada de rayos y coronada por doce estrellas.

¿Con la fundación de ese convento entonces quedaba ya establecida la Orden de la Inmaculada Concepción? No tan rápido. Faltaba todavía la aprobación definitiva del instituto con su reglamento, con su tipo de hábito y su título de Orden de la Inmaculada Concepción. Y todo esto era preciso solicitarlos ante la Santa Sede. De todo esto se encargaría la propia reina Isabel la Católica que gozaba de mucho aprecio y estima ante el Pontífice reinante Su Santidad Inocencio VIII.

Pasado algún tiempo, una vez Beatriz fue llamada al locutorio del convento por un caballero que solicitaba comunicarle algo especial. Le traía la noticia que el papa había ya aprobado la fundación de la Orden y que la respectiva Bula Pontificia ya venía de camino en un barco. Entonces se cuenta que hubo alegría y fiesta no solo en el convento sino en el mismo Toledo. Pero pasados ya unos días, el mismo caballero regresó con una muy mala noticia: el barco había naufragado y por lo tanto la Bula se había perdido.

Beatriz -muy sensible a este tipo de acontecimientos, llevó un duro golpe moral. ¿Sería alguna señal de la Divina Providencia? Puesta en oración delante del sagrario, sus hijas espirituales la acompañaban orando todas por el futuro de la Fundación. Permaneciendo en imbatible confianza –pues la Santísima Virgen nunca deja inacabado algo que comienza, rezaban mucho porque el tiempo de la demora era difícil de calcular.

Confianza equivale a milagro

Después de tres días de oración continua, Beatriz buscando algo en la gaveta de un mueble del que solamente ella tenía la llave, encontró de repente un pergamino que incluso olía a sal marina. Estremecido su corazón con el olor de mar, alcanzó a pensar que aquello era nada menos que la propia Bula, cogiéndolo notó que un sello pendía de una cinta y lo desenrolló inmediatamente. Percibiendo algunas palabras en latín, se dio cuenta que aquello podría fácilmente ser la esperada Bula.

Para garantizarse y certificar que se trataba de un verdadero milagro, Beatriz envió inmediatamente al Obispo el documento para que le diera su parecer: Efectivamente se trataba de la Bula Inter Universa con la aprobación Pontificia de la Orden de la Inmaculada Concepción fechada 30 de abril de 1489. ¡Quedó conocida con el nombre de la Bula del Milagro!

Beatriz fue muy devota del Arcángel San Rafael desde la infancia y siempre estuvo convencida que aquel caballero que le había traído las noticias de la Bula había sido él, y él mismo quien la recuperó del naufragio.

Un sacrificio y renuncia

En el mes de agosto de 1490, cuando todas las religiosas hacían el retiro para la solemne profesión de los votos religiosos y la recepción oficial del tan deseado bello hábito, Santa Beatriz de Silvala propia Santísima Virgen se le apareció a santa Beatriz y le dijo:

– Hijita, no es mi voluntad ni la de mi Hijo que goces aquí en la tierra lo que tanto has deseado. De hoy en diez días estarás conmigo ya en el Paraíso.

Entonces Beatriz cayó enferma de gravedad e informó a su confesor acerca de la visión que había tenido. Manteniéndose calma y confiada, ofreció a Dios Nuestro Señor aquello que siempre había querido: ver la realización de la fundación de su Orden religiosa. Enferma recibió el hábito e hizo los respectivos votos. Para suministrarle el Sacramento de la extrema unción de los enfermos, se tuvo que proceder al descubrirle el rostro, lo cual dejó a todos asombrados por su extrema belleza y una pequeña estrella que refulgía sobre su frente iluminándole la sonrisa. La estrella permaneció hasta que santa Beatriz exhaló su último suspiro el día 16 de agosto de 1491.

La estrella sigue refulgiendo

Continúa en los Cielos de la Santa Iglesia brillando la estrella de la Inmaculada. Los ecos de la santidad de Beatriz, que ya se hacían oír durante su vida, se propagaron rápidamente después de su santa muerte. El propio crecimiento de la nueva Orden –que céleremente se expandió con tremendas dificultades, es prueba de la intercesión de Santa Beatriz.

El Papa Paulo VI la canonizó en octubre de 1976. Sus reliquias son veneradas actualmente en el monasterio de la Concepción de Toledo. De ellas exhala comprobadamente en algunas ocasiones un agradable perfume. La Orden de la Concepcionistas fue la primea institución religiosa femenina que se estableció en América hacia el año de 1530 en la hoy ciudad de Quito, Ecuador. Actualmente ella cuenta con algo más de 200 conventos esparcidos por los cuatro continentes: Europa, América, Asia y África.

El humilde árbol nacido en la oscuridad de un húmedo cofre, habría de extender su ramaje por toda la tierra y amparar bajo su protectora sombra todas aquellas almas deseosas de servir a Aquella que es “Bella como la luna, brillante como el sol y terrible como un ejército en orden de batalla».

3 comentarios sobre “Santa Beatriz de Silva

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    Katolička mističarka s darom komunikacije s dušama iz Čistilišta: Priča o svijeći koju je palila svake subote za siromašne duše

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    Poznata katolička mističarka s darom komunikacije s dušama iz Čistilišta Maria Simma, prepričava sljedeći istiniti događaj: “Znala sam za ženu koja je siromašnim dušama iz Čistilišta dala obećanje da će im svake subote upaliti blagoslovljenu svijeću.

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    Pa je krenula naprijed i stavila svijeću unutra, zatvarajući vrata koja su, usput rečeno, imala mali prozor. Tada je napustila kuću i ubrzo se vratio njen suprug. Kada je otišao nešto baciti, slučajno je pogledao u smjeru peći na drva i na svoje iznenađenje ugledao unutra malo svjetla. Ovo ga je smelo i otvorio je mala vratašca od peći da pogleda unutra. Na svoje veliko zaprepaštenje, problijedjevši, nije vidio samo zapaljenu svijeću, već oko nje šest pari savršeno sklopljenih ruku. Šokiran je zatvorio vrata pećnice i pričekao da se supruga vrati. Kad se vratila rekao joj je: ‘Zašto si stavila svoju svijeću u peć? Mogla si ih staviti ovdje na stol.’

    Petar Salečić, izdavačka kuća Kyrios

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