Miércoles de la V semana de Pascua

6 de mayo de 2026

Hechos 15, 1-6 Salmo 121, 1-2. 3-4a. 4b-5 Juan 15, 1-8

Miércoles de la V semana de Pascua

Vayamos con alegría al encuentro del Señor. Aleluya

Injertados en la Eternidad: el secreto de la vid que da vida

En el silencio fecundo del viñedo, donde la savia sube invisible y paciente, resuena la voz de Jesucristo: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador”. No es una metáfora ornamental; es una ontología espiritual. En el Evangelio de Juan 15, 1-8, la vida cristiana se revela como participación real —aunque misteriosa— en la vida misma de Cristo. No se trata de imitar externamente, sino de injertarse interiormente.

Para Tomás de Aquino, esta unión no es meramente moral, sino vital: el alma en gracia está verdaderamente unida a Cristo como el sarmiento a la vid. La gracia santificante no es solo un favor divino, sino una cualidad creada que nos hace partícipes de la naturaleza divina. Así, cuando Cristo dice “permaneced en mí”, no exhorta a un sentimiento pasajero, sino a una inhabitación estable: vivir en estado de gracia, donde Dios habita en el alma como en un templo.

El Padre, como viñador, poda. Y la poda duele. Santo Tomás interpretaría esta acción como la purificación de los afectos desordenados: aquello que, aunque no sea pecado mortal, impide la fecundidad plena de la caridad. Las pruebas, las renuncias, incluso las sequedades espirituales, son instrumentos de una sabiduría amorosa que ordena al alma hacia su fin último. Nada se corta por capricho; todo se poda para que dé más fruto.

El fruto, en esta lógica evangélica, no es el éxito visible, sino la caridad operante. “El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto”, dice el Señor. Para Aquino, la caridad es la forma de todas las virtudes: sin ella, incluso las obras más brillantes carecen de mérito sobrenatural. Permanecer en Cristo es, por tanto, amar como Él ama: con una voluntad unida a Dios, que busca su gloria y el bien del prójimo.

Pero hay una advertencia severa: “separados de mí no podéis hacer nada”. No “poco”, sino nada en orden a la vida eterna. Santo Tomás subrayaría aquí la dependencia radical de la criatura respecto de Dios como causa primera. Toda acción buena en orden sobrenatural procede de la gracia actual que mueve la voluntad. Sin esa moción divina, el hombre puede obrar en el plano natural, pero no alcanzar el fin sobrenatural.

Y, sin embargo, esta dependencia no anula la libertad; la eleva. El sarmiento no pierde su identidad al estar unido a la vid; la realiza. La gracia no violenta la naturaleza, la perfecciona. De ahí que el cristiano no sea un sujeto pasivo, sino cooperador: responde, consiente, ama. La fecundidad nace de esa sinergia entre la gracia que precede y la libertad que acoge.

Finalmente, la promesa: “si permanecéis en mí… pedid lo que queráis y se os concederá”. No es licencia para el capricho, sino transformación del deseo. Quien vive unido a Cristo aprende a querer lo que Dios quiere; y entonces su oración es eficaz porque está configurada con la voluntad divina. En esto —diría Aquino— se manifiesta la perfecta amistad entre Dios y el hombre: querer lo mismo, amar lo mismo, vivir de la misma vida.

Así, el viñedo es destino. Ser sarmientos vivos, podados por el amor, fecundos en la caridad, sostenidos por una savia que no vemos pero que lo es todo. Permanecer. Esa es la clave. Porque en esa permanencia se juega no solo el fruto, sino la vida misma.

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