31 de mayo
Visitación de María
Novena de Pentecostés —Día 2
Sofonías 3:14-18 o Romanos 12:9-16 Isaías 12:2-6 Lucas 1:39-56
«Derriba a los potentados de sus tronos y exalta a los humildes»
“En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá” (Lucas 1:39).
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El pasaje de Lucas 1:39-56, conocido como la Visitación y el Magníficat, nos presenta un momento de profunda comunión entre María e Isabel, un encuentro que desborda gozo espiritual y revela el misterio de la acción de Dios en la historia de la salvación. Este texto, impregnado de humildad, alabanza y obediencia, invita a reflexionar sobre la fe, la caridad y la soberanía divina.
María, apenas habiendo recibido el anuncio del ángel Gabriel, se pone en camino «con prontitud» hacia la casa de su prima Isabel. Este gesto refleja una caridad activa, un amor que no se demora, que no calcula, sino que se entrega al servicio del otro. Santo Tomás, en su Summa Theologica (II-II, q. 23, a. 1), enseña que la caridad es la virtud teologal que nos une a Dios y al prójimo, siendo la forma de todas las virtudes. María, llena de gracia, encarna esta caridad perfecta: su apresuramiento no es mera premura, sino un reflejo de su corazón dispuesto a cumplir la voluntad de Dios, sirviendo a Isabel en su necesidad. En este acto, vemos el modelo de la vida cristiana: la fe no es estática, sino que se traduce en obras de amor.
El encuentro entre María e Isabel es un momento de reconocimiento mutuo de la obra de Dios. Isabel, movida por el Espíritu Santo, proclama: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!» (Lc 1:42). Este saludo no es solo un elogio, sino una confesión de fe en la maternidad divina de María. Santo Tomás, al reflexionar sobre la Encarnación (Summa Theologica, III, q. 27, a. 5), subraya que María es verdaderamente la Madre de Dios, no solo porque dio a luz al hombre Cristo, sino porque en su vientre se unió la naturaleza humana a la divina. Isabel, iluminada por el Espíritu, reconoce este misterio, y su humildad al decir «¿quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a visitarme?» (Lc 1:43) nos enseña a acercarnos a María con reverencia, como la Theotokos, la portadora de Dios.
El Magníficat, el cántico de María (Lc 1:46-55), es una explosión de alabanza que revela su alma profundamente unida a Dios. «Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador» (Lc 1:46-47). Aquí, María se muestra como la humilde esclava del Señor, consciente de su pequeñez y, al mismo tiempo, de la grandeza de Dios. Santo Tomás, en su comentario sobre la humildad (Summa Theologica, II-II, q. 161, a. 1), explica que esta virtud no consiste en negarse a uno mismo, sino en reconocer la verdad de nuestra dependencia de Dios. María, al proclamarse «esclava», no se disminuye, sino que exalta la soberanía de Dios, quien «ha mirado la humildad de su sierva» (Lc 1:48). Su cántico es un eco de la doctrina católica que nos llama a vivir en la verdad: todo lo que somos y tenemos proviene de la gracia divina.
El Magníficat también proclama la justicia y la misericordia de Dios: «Derriba a los potentados de sus tronos y exalta a los humildes» (Lc 1:52). Este canto refleja el orden divino que invierte los valores del mundo. Santo Tomás, en su tratado sobre la justicia (Summa Theologica, II-II, q. 58, a. 1), enseña que la justicia de Dios no es como la humana, pues no solo da a cada uno lo que merece, sino que actúa con misericordia, elevando a los que se reconocen pequeños ante Él. María, al cantar esta verdad, nos invita a confiar en un Dios que no abandona a los humildes, que «colma de bienes a los hambrientos» (Lc 1:53), recordándonos que la salvación es un don gratuito, no un mérito humano.
Finalmente, el Magníficat es un himno de esperanza escatológica, pues María proclama la fidelidad de Dios a las promesas hechas a Abraham y su descendencia (Lc 1:55). Santo Tomás, al hablar de la esperanza (Summa Theologica, II-II, q. 17, a. 1), la define como la virtud que nos hace esperar con certeza los bienes futuros que Dios ha prometido. María, al entonar su cántico, no solo celebra lo que Dios ha hecho en ella, sino lo que hará por toda la humanidad a través de su Hijo. Este es el corazón de la fe católica: confiar en que Dios cumple sus promesas, llevando a plenitud su plan de salvación.
En conclusión, Lucas 1:39-56 nos presenta a María como modelo de fe, caridad y humildad, virtudes que Santo Tomás de Aquino ilumina con su teología. Su visita a Isabel nos enseña a salir de nosotros mismos para servir; su Magníficat nos invita a alabar a Dios con un corazón humilde y confiado. Que, siguiendo su ejemplo, podamos decir con ella: «Hágase en mí según tu palabra», viviendo para la gloria de Dios y el servicio a nuestros hermanos.
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