15 de junio
Domingo de la Trinidad
Proverbios 8:22-31 Romanos 5:1-5 Salmos 8:4-9 Juan 16:12-15
Cuando Venga Él
“Justificados, entonces, por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1).
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El pasaje de Juan 16:12-15 nos sumerge en un momento de profunda intimidad entre Jesús y sus discípulos, en el contexto de los discursos de despedida antes de su Pasión. Estas palabras, cargadas de promesas y revelaciones, nos invitan a contemplar el misterio de la Santísima Trinidad y la acción del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y de cada creyente.
Jesús comienza diciendo: “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis soportar” (Jn 16:12). Estas palabras revelan la pedagogía divina, que respeta la fragilidad humana y la prepara gradualmente para recibir la plenitud de la verdad. Santo Tomás, en su Summa Theologiae (I, q. 1, a. 5), enseña que la revelación divina se adapta a la capacidad del hombre, pues Dios, en su sabiduría, comunica la verdad de manera proporcionada a nuestra naturaleza. La incapacidad de los discípulos para “soportar” ciertas verdades en ese momento no es un reproche, sino una muestra de la misericordia de Cristo, que conoce los límites de sus seguidores y los prepara para recibir la luz del Espíritu Santo. Este pasaje nos recuerda que la fe es un camino progresivo, un crecimiento en la comprensión de los misterios divinos, guiados siempre por la gracia.
A continuación, Jesús promete la venida del Espíritu de la Verdad: “Cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad completa” (Jn 16:13). Aquí se manifiesta la misión del Espíritu Santo, que no actúa como un mero transmisor de información, sino como aquel que introduce a los fieles en la profundidad del misterio de Dios. Según la doctrina católica, el Espíritu Santo es la tercera Persona de la Trinidad, consustancial al Padre y al Hijo, y su obra es iluminar las inteligencias y mover los corazones para que comprendan y vivan la verdad revelada (Catecismo de la Iglesia Católica, 683-686). Santo Tomás, en su comentario al Evangelio de Juan, subraya que el Espíritu “guía” porque no solo enseña, sino que también santifica, llevando al alma a una unión más íntima con Dios (Super Ioannem, cap. 16, lect. 3). Esta guía es dinámica, un movimiento interior que nos conforma a Cristo y nos hace partícipes de la vida divina.
El Aquinate también nos ayuda a entender la frase “no hablará por su cuenta, sino que hablará todo lo que oiga” (Jn 16:13). En la Trinidad, las Personas divinas no actúan de manera independiente, sino en perfecta comunión. El Espíritu Santo, explica Santo Tomás, procede del Padre y del Hijo (Filioque), y su misión es manifestar la verdad que recibe de ellos (Summa Theologiae, I, q. 36, a. 2). Esta interdependencia trinitaria es un reflejo de la unidad y el amor eterno de Dios. Para nosotros, esto significa que la verdad que el Espíritu nos revela no es una novedad desvinculada de Cristo, sino la profundización de lo que el Señor ya ha enseñado. Como dice el Concilio Vaticano II, el Espíritu Santo “no introduce una nueva revelación, sino que hace comprender y actualiza la única revelación de Cristo” (Dei Verbum, 4).
El versículo 14, “Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo anunciará”, nos invita a contemplar la humildad y la gloria de la Trinidad. El Espíritu no busca su propia gloria, sino que glorifica al Hijo, y el Hijo, a su vez, glorifica al Padre. Santo Tomás ve en esto un modelo para la vida cristiana: la verdadera santidad consiste en glorificar a Dios, no en buscar la propia exaltación (Summa Theologiae, II-II, q. 24, a. 9). Además, el Espíritu toma “de lo mío” (de Cristo) para anunciarlo, lo que subraya que todo lo que el Padre tiene pertenece al Hijo, y el Espíritu lo comunica a los creyentes. Esta economía trinitaria nos enseña que la salvación es un don compartido por las tres Personas divinas, que actúan en perfecta armonía para nuestra redención.
Finalmente, Jesús concluye: “Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará” (Jn 16:15). Estas palabras son una afirmación contundente de la divinidad de Cristo y de la unidad de la Trinidad. Santo Tomás, en su tratado sobre la Trinidad, explica que las Personas divinas poseen la misma esencia divina, y lo que pertenece al Padre pertenece también al Hijo y al Espíritu (Summa Theologiae, I, q. 42, a. 4). Para el creyente, esto es una fuente de consuelo inmenso: al recibir la verdad del Espíritu, participamos en la vida misma de Dios, en su amor y en su eternidad.
En conclusión, Juan 16:12-15 nos invita a vivir en docilidad al Espíritu Santo, que nos guía hacia la verdad completa y nos une al misterio de la Trinidad. Con Santo Tomás, aprendemos que este camino requiere humildad, apertura a la gracia y un deseo ardiente de glorificar a Dios. Que, iluminados por el Espíritu, podamos decir con el salmista: “Enséñame, Señor, tu camino, y caminaré en tu verdad” (Sal 86:11), confiando en que el Espíritu de la Verdad nos llevará a la plenitud de la comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
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Todos somos hijos de Dios, Jesucristo es nuestro hermano, por lo tanto todos somos de origen divino y somos la Santísima Trinidad.