La Proteccion Divina en la Oración de Jesús

4 de junio

Novena de Pentecostés — Día 6

Hechos 20:28-38 Salmos 68:29-30, 33-36 Juan 17:11-19

Guárdalos del Mundo

“Velen, entonces, y recuerden que, durante tres años, de noche y de día, no he cesado de aconsejar con las lágrimas a cada uno de ustedes” (Hechos 20:31).

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El pasaje de Juan 17:11-19, parte de la oración sacerdotal de Jesús, nos presenta un momento sublime en el que Cristo, como Sumo Sacerdote, intercede por sus discípulos ante el Padre, pidiendo su protección y santificación mientras permanecen en el mundo. Este texto, profundamente teológico, revela la unión íntima entre el Padre y el Hijo, la misión de los discípulos y su relación con el mundo, todo ello enmarcado en la perspectiva de la fe católica. A continuación, exploraremos este pasaje con una reflexión impregnada de la doctrina católica, enriquecida con las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia, cuya claridad y profundidad iluminan la comprensión de las Escrituras.

En este pasaje, Jesús, consciente de su inminente partida, ora al Padre para que proteja a sus discípulos, a quienes ha encomendado la misión de llevar su Evangelio al mundo. Pide que sean uno, como Él y el Padre son uno, y que sean guardados del maligno mientras permanecen en un mundo que no los reconoce como suyos. Además, solicita su santificación en la verdad, que es la Palabra de Dios, y se ofrece a sí mismo como víctima de consagración por ellos. Este texto es un reflejo de la caridad divina y de la misión eclesial, que encuentra su raíz en la unión trinitaria.

La unidad de los discípulos: reflejo de la Trinidad

Jesús ruega: “Padre santo, guárdalos en tu nombre, que me has dado, para que sean uno, como nosotros” (Jn 17:11). Este deseo de unidad no es meramente humano, sino que tiene su fundamento en la unidad de la Trinidad. Santo Tomás de Aquino, en su comentario al Evangelio de Juan (Super Ioannem), explica que esta unidad es tanto ontológica como moral: los discípulos deben estar unidos en la fe y en la caridad, reflejando la comunión perfecta del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. Según Tomás, la unidad pedida por Cristo es un don divino que se realiza en la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, donde los fieles, mediante los sacramentos, participan de la vida divina (cf. Summa Theologiae, III, q. 23, a. 1). La Iglesia, como comunidad de los bautizados, está llamada a vivir esta unidad, que no elimina las diferencias, sino que las armoniza en la verdad y el amor.

La doctrina católica subraya que esta unidad es un reflejo de la vida trinitaria, donde las tres Personas divinas son perfectamente una en esencia, pero distintas en sus relaciones. Así, los cristianos estamos llamados a vivir en comunión, evitando divisiones y escándalos, como nos enseña el Catecismo: “La Iglesia es una porque tiene su origen en la Trinidad y porque Cristo la une con su amor” (CIC 813). Santo Tomás añade que esta unidad se fortalece mediante la gracia, que nos conforma a Cristo y nos hace partícipes de su misión.

La protección contra el maligno

Jesús también pide: “No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno” (Jn 17:15). Aquí se refleja la tensión entre estar en el mundo sin ser del mundo. Santo Tomás, en su comentario, señala que el mundo, en este contexto, representa las realidades terrenas opuestas a Dios, influenciadas por el pecado y el maligno. Sin embargo, Cristo no desea que sus discípulos sean apartados físicamente del mundo, pues tienen una misión: ser sal y luz (Mt 5:13-14). Tomás explica que la protección pedida es la gracia divina, que fortalece a los fieles contra las tentaciones y los preserva en la verdad (cf. Super Ioannem, cap. 17, lect. 4). Esta enseñanza resuena con la doctrina católica sobre la providencia divina y la lucha espiritual, que nos exhorta a confiar en la gracia de Dios para vencer las insidias del demonio, mientras cumplimos nuestra vocación en el mundo.

El Catecismo de la Iglesia Católica refuerza esta idea al afirmar que los cristianos, mediante la oración y los sacramentos, son fortalecidos para resistir al maligno (CIC 2850-2854). La Eucaristía, en particular, es el alimento que nos une a Cristo y nos protege, como Jesús mismo promete en su oración.

La santificación en la verdad

Finalmente, Jesús pide: “Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad” (Jn 17:17). Aquí, Cristo intercede para que sus discípulos sean consagrados, es decir, separados para Dios y transformados por su verdad. Santo Tomás interpreta esta santificación como un proceso de purificación y participación en la santidad divina, que se realiza principalmente a través de la Palabra de Dios y los sacramentos. En la Summa Theologiae (III, q. 60, a. 2), Tomás explica que la santificación implica una consagración al servicio de Dios, que en el caso de los discípulos se traduce en su misión apostólica. La verdad, que es la Palabra de Dios, no es solo un conjunto de enseñanzas, sino Cristo mismo (Jn 14:6), quien santifica a los suyos al incorporarlos a su vida.

La doctrina católica ve en esta petición un llamado a la santidad universal, como lo expresó el Concilio Vaticano II: todos los cristianos están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad (LG 40). La Palabra de Dios, transmitida en la Escritura y la Tradición, y actualizada en la liturgia, es el medio por el cual los fieles son santificados. Santo Tomás subraya que esta santificación requiere cooperación humana: debemos acoger la verdad con fe y vivirla con caridad.

Reflexión final

El pasaje de Juan 17:11-19 nos invita a contemplar la solicitud amorosa de Cristo por sus discípulos, un amor que se extiende a toda la Iglesia. Santo Tomás de Aquino nos ayuda a comprender que esta oración no es solo un evento del pasado, sino una realidad viva: Cristo sigue intercediendo por nosotros, pidiéndonos que vivamos en unidad, protegidos del maligno y santificados en la verdad. Como católicos, estamos llamados a responder a este don con una vida de fe, esperanza y caridad, siendo testigos de Cristo en el mundo, sin ser del mundo. Que, siguiendo el ejemplo de los apóstoles y guiados por la sabiduría de Santo Tomás, podamos vivir plenamente para la gloria de Dios y la salvación de las almas

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