DE LA PERFECTA POBREZA
De la «Vida perfecta para religiosas» de San Buenaventura
También la pobreza es virtud necesaria para la integridad de la perfección, en tal manera, que sin ella nadie puede ser perfecto, según afirma el Señor en el Evangelio: Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres. Como la suma de la perfección evangélica consiste en la excelencia de la pobreza, no crea haber alcanzado la cumbre de la perfección el que aún no ha llegado a ser perfecto imitador de la evangélica pobreza. Dice Hugo de San Víctor: «Por mucha perfección que pueda hallarse en los religiosos, sin embargo, no se la ha de considerar como perfección integral si no se ama la pobreza».
Dos motivos son los que deben excitar al amor de la pobreza, no sólo a cualquier religioso, sino también a cualquier hombre. En primer lugar, el ejemplo divino, que es irreprensible; en segundo lugar, la promesa divina, que es inestimable.
En primer lugar, debe excitarte al amor de la pobreza el amor y ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, que fue pobre en su nacimiento, pobre en su vida y pobre en su muerte.
Nuestro Señor Jesucristo fue tan pobre al nacer, que no tuvo casa, ni vestido, ni alimento: por casa, un establo; por vestido, viles pañales; por alimento, la leche virginal. Considerando esta pobreza el apóstol San Pablo exclamó suspirando: Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro, a fin de que nosotros fuéramos ricos con su pobreza. Y San Bernardo dice: «En el cielo abundaba una eterna afluencia de todos los bienes; pero no se encontraba la pobreza; en la tierra, en cambio, abundaba y sobreabundaba esta mercancía, y el hombre no conocía su valor. Y como el Hijo de Dios la deseaba, bajó para apropiársela y con su estima hacérnosla preciosa».
También se nos dio como dechado de pobreza nuestro Señor Jesucristo en su modo de vida en este mundo. Fue de tal manera pobre, que algunas veces no pudo tener hospedaje y muchas veces le fue forzoso dormir con sus Apóstoles fuera de las ciudades y pueblos. Dice el evangelista San Marcos: Después de haberlo visto todo, siendo ya tarde, se salió a Betania con los doce. Y San Mateo dice: Las raposas tienen cuevas y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.
Lo segundo que debe moverte al amor de la pobreza es la promesa divina, que es inestimable. ¡Oh rico para con todos, oh buen Señor Jesús!, ¿quién puede dignamente expresar con palabras, percibir en su corazón y escribir con la mano la gloria celestial que prometiste dar a tus pobres? Por su pobreza voluntaria merecen contemplar la gloria del Creador, merecen entrar en las obras del poder del Señor: en las eternas mansiones, en los dulcísimos tabernáculos; merecen hacerse ciudadanos de la ciudad cuyo artífice y autor es Dios. Pues Tú con tu boca bendita se lo prometiste: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. ¡Oh Señor Jesucristo!, el reino de los cielos no es otra cosa más que Tú mismo, que eres Rey de reyes y Señor de los que dominan. Tú te darás a Ti mismo en premio, en recompensa y en gozo. Gozarán de Ti, se alegrarán en Ti, se hartarán de Ti. Pues comerán los pobres y quedarán hartos, y alabarán al Señor los que le buscan, sus corazones vivirán eternamente. Amén.
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