Mes de María – Día 22
De la vida de la Virgen Santísima, despues de la Ascención de Jesucristo
1.° No deseaba sino el cielo.
2.° No se ocupaba sino del cielo.
3.° No hablaba mas que del cielo.

La preparación (Aquí) como en la pág. 21
PUNTO I. Hoy imaginémonos en la montaña de las Olivas con la Santísima Virgen y los discípulos de Jesús. Pensemos en cómo Jesús, después de bendecir a todos sus discípulos, y de mostrar amor a su Madre, sube al cielo rodeado de gloria, junto a ángeles y santos. Es imposible comprender totalmente lo que sintieron Jesús y su Madre en ese momento. Pero podemos decir que, aunque el cuerpo de María permaneció en la tierra, su espíritu y su corazón fueron al cielo con Jesucristo. Siguiendo su ejemplo, veamos este mundo como un lugar temporal, anhelando nuestra patria celestial. Con fe, visualicemos las coronas inmortales que nos esperan allá, y esforcémonos por merecerlas siguiendo el ejemplo de la Virgen María.
PUNTO II. Después de que su Hijo ascendió, la Virgen Santísima se enfocó en el cielo, donde había visto a su Hijo irse y sabía que él estaba preparando su felicidad allí. Estaba completamente desapegada de la tierra, donde ya no podía ver a su amado, y anhelaba estar en el cielo, esperando el momento de reunirse con él para siempre. En lugar de imitar a nuestra Madre divina, nos aferramos a esta vida llena de miseria en lugar de elevar nuestros espíritus y corazones al cielo como ella lo hizo. Nos esforzamos inútilmente por encontrar la felicidad en este mundo, pero no hacemos nada para asegurar nuestra salvación, que es el único asunto verdaderamente importante.
PUNTO III. La Virgen Santísima siempre hablaba del cielo. Esto era lo que más hablaba con los Apóstoles y los primeros fieles. Les daba esperanza y consuelo en sus penas, trabajos y persecuciones, haciéndoles ver el paraíso como su verdadera patria, su herencia y el verdadero final de su camino. Siempre trabajaba para el cielo; así que todas sus acciones eran pasos para acercarse a su querida patria, y para enriquecer su corona. Nosotros también deberíamos trabajar continuamente para merecer el cielo, ya que ese es el objetivo por el que Dios nos puso en este mundo. Pero, ¿realmente cumplimos con este objetivo? Reflexionemos sobre nuestra conducta, no olvidando que todo lo que no hagamos por el cielo se pierde para nosotros, y se pierde sin remedio.
La oracion para despues de la meditación (Aquí) pág. 25 y luego
la siguiente:
ORACION
¡Qué dulce y consoladora es, oh divina María, la promesa que el Salvador hizo al pequeño rebaño de sus queridos Discípulos, cuando les dijo con ternura: «Al presente estáis tristes, es verdad; pero yo os volveré á ver, y vuestro corazon se alegrará sin que nadie pueda quitaros de este placer!» ¡Oh Santísima Madre mia! esta dulce esperanza me llena de una alegría inefable; porque, ¡qué dicha para mí, cuando haya pasado este corto tiempo de prueba, y entre en la ciudad santa de los Bienaventurados; cuando me vea otra vez á vuestros piés sin ningún peligro de perderme, y en la segura posesion de una felicidad sin límites! Si es tan dulce y tan consolador en este mundo serviros, amaros y pronunciar vuestro santísimo nombre, ¡oh qué delicias inundarán mi corazon cuando pueda veros, y contemplar en vos tantos prodigios y maravillas que ahora no conozco sino por la fé cuando pueda hablares, oir vuestra dulce voz y amaros sin reserva! Sostenedme, oh Virgen Santa, hasta este feliz momentó, y no me desamparéis hasta que me vea seguro en el puerto de mi salvación. Amén
EJEMPLO
La estatua milagrosa:
En la Vida de san Jacinto, se cuenta que un día, al enterarse de que los tártaros estaban cerca de la villa donde vivía, se vistió como sacerdote, tomó el Santísimo Sacramento del altar y pidió a los otros religiosos que lo siguieran. Había en la iglesia una hermosa estatua de Nuestra Señora en alabastro, que era muy pesada y a la que el Santo tenía mucha devoción. La estatua le habló, pidiéndole que la llevara con él para no dejarla sola frente a sus enemigos. Aunque el Santo dudaba de poder llevarla por su peso, la Virgen le aseguró que se volvería ligera. Lleno de lágrimas, San Jacinto tomó la estatua y el Santísimo Sacramento, y seguido por los demás religiosos, salió del convento y de la villa por otro lado, evitando así encontrarse con los tártaros. Después de este milagro, el Santo aumentó su devoción a María y murió el día de la Asunción, como deseaba. Esto nos muestra que nunca debemos olvidar la protección de la Madre de Dios, sino recordarla en todo momento, tanto en la adversidad como en la dicha, atrayendo más abundante gracia sobre nosotros.
PRACTICA
Rezad todos los dias el Memorare, para alcanzar una buena muerte.
JACULATORIA
Quando corpus morietur, fac ut animae donetur, paradisi gloria.
Haced, oh María, que en la hora de mi muerte, mi alma sea recibida en los eternos tabernáculos de la gloria
Lo demás (Aquí) como en la página 28
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