Reflexiones sobre la Natividad de la Virgen María

Septiembre 8, 2025

Miqueas 5, 1-4 Romanos 8, 28-30 Salmo 12, 6ab. 6cd Mateo 1, 1-16. 18-23

Fiesta de Natividad de la Santísima Virgen María

Me llenaré de alegría en el Señor

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El evangelio de Mateo comienza con la genealogía de Jesucristo, estableciendo un puente entre la Antigua y la Nueva Alianza. En esta larga lista de nombres, que a primera vista podría parecer árida, se revela la fidelidad de Dios a sus promesas: desde Abraham hasta José, esposo de María, la historia entera se ordena hacia Cristo. La doctrina católica enseña que la Encarnación no fue un acontecimiento improvisado, sino el cumplimiento de un designio eterno de salvación, preparado cuidadosamente a través de los siglos. Cada generación, con sus luces y sombras, se convierte en parte del camino hacia la plenitud de los tiempos.

San Alfonso María de Ligorio, en sus meditaciones, destaca que esta genealogía nos muestra la humildad de Cristo. El Hijo de Dios no eligió nacer en una línea inmaculada de héroes perfectos, sino en una sucesión de hombres pecadores, en donde figuran incluso mujeres marcadas por el pecado o la marginación, como Rahab y Betsabé. Cristo quiso, así, asumir nuestra historia herida para redimirla desde dentro. San Alfonso insiste en que este es un signo del amor divino: Dios no se avergüenza de llamarse hermano nuestro, aun viniendo de una humanidad frágil.

En la segunda parte del pasaje (vv. 18-23), se proclama el misterio central de nuestra fe: el Verbo se hizo carne en el seno de María por obra del Espíritu Santo. José, hombre justo, recibe en sueños la revelación y acoge a María como esposa, obedeciendo a la voluntad de Dios. Aquí se manifiesta lo que la Iglesia enseña: la Encarnación es fruto de la gracia, no de voluntad humana, y se realiza en la pureza virginal de María, signo de la acción soberana del Espíritu.

San Alfonso contempla con ternura este momento: Dios, infinito en majestad, se hace un niño en el vientre de una humilde doncella. El santo exhorta a la confianza: si Dios se ha hecho “Emmanuel, Dios con nosotros”, ¿qué podremos temer? Su amor se ha hecho cercano, palpable, encarnado en nuestra carne. Para san Alfonso, este misterio pide correspondencia: el alma debe abrirse como María a la gracia, decir su propio “sí” y acoger a Jesús en lo íntimo del corazón.

La profecía de Isaías, citada por Mateo —“La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel” (v. 23)—, alcanza aquí su cumplimiento. En Cristo, Dios no solo habla a los hombres, sino que camina con ellos. La doctrina católica subraya que en la Encarnación se unen inseparablemente la divinidad y la humanidad en una sola persona. San Alfonso, a su vez, nos invita a meditar con amor este abajamiento divino: el Creador se ha hecho criatura por nosotros. Tal amor no merece tibieza, sino entrega total.

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