Septiembre 26, 2025
Ageo 2, 1-9 Del Salmo 42 Lucas 9, 18-22
Viernes de la XXV Semana del Tiempo Ordinario
Envíame, Señor, tu luz y tu verdad
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Este pasaje se sitúa en un momento decisivo del Evangelio: Jesús, después de orar en soledad, interroga a sus discípulos sobre su identidad. Primero pregunta lo que dice la multitud, luego lo que dicen ellos mismos. San Pedro, movido por la gracia, proclama: “Tú eres el Cristo de Dios” (Lc 9,20). Acto seguido, el Señor anuncia su pasión, muerte y resurrección.
Desde la perspectiva católica, este episodio revela dos dimensiones esenciales del misterio de Cristo: la confesión de fe y el camino de la cruz. La revelación de su identidad no viene por la carne ni por la sangre, sino por el Padre (cf. Mt 16,17). Es el inicio de la confesión cristiana que será el fundamento de la Iglesia. Pero esta confesión no se entiende sin la cruz, porque el Mesías no es un rey temporal que elimina el sufrimiento, sino el Siervo doliente que salva al mundo mediante la entrega de sí mismo.
Santo Tomás de Aquino, en la Catena Aurea y en la Suma Teológica (III, q.46), nos ayuda a penetrar en este misterio. Señala que la pasión de Cristo fue necesaria por varias razones: para mostrarnos el amor infinito de Dios, para ofrecernos ejemplo de obediencia y humildad, para satisfacer por nuestros pecados, y para abrirnos el camino de la resurrección. En este pasaje, cuando Jesús une la confesión mesiánica a su anuncio de sufrimiento, enseña que su realeza se ejerce desde el trono de la cruz. Para santo Tomás, esta pedagogía divina muestra que la verdadera gloria está en la caridad que se entrega hasta el extremo.
Doctrinalmente, la Iglesia enseña que la confesión de Pedro es obra de la gracia y constituye la base de nuestra fe: sólo confesando a Cristo como Hijo de Dios podemos participar de su vida. Pero a la vez, Jesús corrige cualquier expectativa mundana: el que confiesa a Cristo debe estar dispuesto a seguirlo en la cruz. No hay cristianismo sin cruz, porque la cruz es el instrumento de la redención y el camino hacia la resurrección.
Así, el texto nos invita a unirnos a la oración de Cristo —pues él ora antes de suscitar la confesión de fe— y a dejarnos transformar por la gracia que permite reconocerlo como Mesías. Nos recuerda también que no hay gloria sin sacrificio, ni victoria sin entrega. Como comenta santo Tomás, en Cristo “la pasión es el camino que conduce a la gloria de la resurrección”. Por eso, toda confesión de fe auténtica se prueba en la fidelidad al misterio pascual: confesar a Jesús como Mesías significa seguirlo hasta la cruz, con la certeza de que en ella se manifiesta la salvación de Dios.
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