26 de septiembre
santos Cosme & Damián
Eclesiastés 1:2-11 Salmos 90:3-6, 12-14, 17 Lucas 9:7-9
La Cobardía de Herodes
«¡Vanidad, todo es vanidad!» (Eclesiastés 1:2).
El evangelio de hoy nos ofrece una enseñanza reveladora. Presenta a Herodes, quien se alarma ante la irrupción en la esfera pública de Jesús el Nazareno. Su miedo se manifiesta cuando comienza a cuestionarse si este nuevo profeta podría ser el Bautista resucitado.
En Lucas 9:7-9, leemos sobre la reacción del tetrarca Herodes al escuchar sobre los milagros y enseñanzas de Jesús:
“Herodes, el tetrarca, oyó hablar de todo lo que pasaba, y estaba perplejo, porque algunos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, que Elías había aparecido; y otros, que uno de los antiguos profetas había resucitado. Herodes dijo: ‘A Juan, le decapité yo. ¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?’ Y buscaba verle.”
El miedo de Herodes se nota cuando piensa que viene el posiblemente resucitado Juan el Bautista, quizás a vengarse por haberlo mandado a decapitar. Confundido, atemorizado, demostrando su normal cobardía.

Herodes representa a aquellos que, al escuchar sobre Jesús, sienten una mezcla de curiosidad y temor. Su interés no nace de un deseo genuino de conocer la verdad, sino el miedo y la culpa. Herodes había cometido un grave pecado al matar a Juan, y ahora temía las consecuencias de sus acciones.
La pregunta de Herodes, “¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?”, resuena a lo largo de los siglos. Muchos se han preguntado quién es Jesús realmente. Para los cristianos, Jesús es el Hijo de Dios, el Salvador del mundo. Sin embargo, cada persona debe hacer su propio camino para descubrir y aceptar esta verdad; pero siempre bajo al revelación del propio Jesucristo.
Herodes también quería ver a Jesús, pero su deseo no era sincero. No buscaba la verdad ni la salvación, sino satisfacer su curiosidad y quizás calmar su conciencia. En contraste, nosotros estamos llamados a buscar a Jesús con un corazón sincero, deseando conocerlo, seguirlo y poner en práctica su mensaje de salvación.
La invitación de este pasaje es a examinar nuestras propias motivaciones. Buscamos a Jesús por curiosidad, por tradición, o por un verdadero deseo de conversión y amor. La verdadera fe nos conduce a un encuentro personal con Cristo, que transforma nuestras vidas y nos guía decisivamente hacia la salvación. Nos deja claro que existe Vida Eterna.
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