2 de abril
san Francisco de Paula
Isaías 49:8-15 Salmos 145:8-9, 13-14, 17-18 Juan 5:17-30
El Hijo Tambien Trabaja
“Les aseguro que el que escucha Mi palabra y cree en Aquel que me ha enviado, tiene Vida eterna y no está sometido al juicio, sino que ya ha pasado de la muerte a la Vida” (Juan 5:24).
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Juan 5:17-30 nos sumerge en un discurso profundo de Jesús que, desde la perspectiva de la doctrina católica, revela su identidad divina, su relación única con el Padre y el misterio de la salvación que ofrece a la humanidad. Este pasaje, que sigue a la curación del paralítico en Bethesda, responde a las críticas de los judíos por obrar en sábado y se convierte en una poderosa afirmación teológica sobre la autoridad de Cristo y el juicio final.
El texto comienza con las palabras de Jesús: «Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo». Esta declaración es una defensa de su acción misericordiosa, pero también una revelación de su unidad con Dios. En la fe católica, este versículo apunta a la doctrina de la Trinidad: el Hijo, eternamente engendrado por el Padre, comparte su misma naturaleza divina y participa en su obra creadora y redentora. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 242) subraya que «el Hijo es consustancial al Padre», y aquí vemos a Jesús afirmando esa verdad al equiparar su trabajo con el del Padre, algo que los judíos entendieron como una pretensión de igualdad con Dios, lo cual les escandalizó.
Jesús desarrolla esta relación filial diciendo: «El Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre». Lejos de disminuir su poder, estas palabras reflejan la perfecta armonía y obediencia amorosa dentro de la Trinidad. Santo Agustín, en sus comentarios sobre el Evangelio de Juan, explica que esta dependencia no es una limitación, sino una expresión de la unidad de voluntad entre el Padre y el Hijo. Para la Iglesia, esto nos enseña que la salvación no es un acto arbitrario, sino el fruto del designio eterno de amor divino, ejecutado por el Hijo en comunión con el Padre y el Espíritu Santo.
El pasaje también introduce el tema del juicio y la resurrección: «El Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo todo el juicio». Aquí, Cristo se presenta como el Juez escatológico, aquel que tiene «poder sobre toda carne» (Jn 17:2) para dar vida eterna. Desde la doctrina católica, esto se conecta con la enseñanza sobre el Juicio Final (Catecismo, n. 1038-1041), donde Cristo, en su segunda venida, separará a los justos de los pecadores. Sin embargo, esta autoridad no es solo para condenar, sino para salvar: «El que escucha mi palabra y cree en el que me envió tiene vida eterna y no será condenado». Estas palabras resuenan con el corazón del Evangelio y el sacramento del Bautismo, por el cual recibimos la vida de la gracia y la promesa de la resurrección.
La mención de la resurrección de los muertos —»vendrá la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz»— es un eco de la fe católica en la resurrección de la carne, profesada en el Credo. San Pablo, en 1 Corintios 15:52, desarrolla esta esperanza, y la Iglesia la ha sostenido como un pilar de la escatología cristiana. Jesús distingue entre «los que hicieron el bien» y «los que hicieron el mal», recordándonos la responsabilidad moral de nuestras acciones y la necesidad de vivir conforme a la voluntad de Dios, asistidos por su gracia.
En este discurso, Jesús no solo defiende su obra, sino que invita a la fe en Él como el camino hacia el Padre. Desde la perspectiva católica, Juan 5:17-30 nos llama a reconocer a Cristo como el Hijo de Dios, a confiar en su palabra y a prepararnos para el encuentro definitivo con Él mediante una vida de conversión y amor. Es un pasaje que exalta la majestad divina de Jesús y, al mismo tiempo, su cercanía como Salvador, que no cesa de trabajar por nuestra redención, como el Padre trabaja eternamente por el bien de la creación.
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