3 de abril
Éxodo 32:7-14 Salmos 106:19-23 Juan 5:31-47
“El Padre da Testimonio de Mi”
“Porque él [Moisés] ha escrito acerca de Mí. Pero si no creen lo que él ha escrito, ¿cómo creerán lo que Yo les digo?” (Juan 5:46-47)
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Juan 5:31-47 nos ofrece un discurso de Jesús cargado de autoridad y profundidad teológica, donde Él defiende su testimonio y misión, apelando a testigos que validan su identidad como el Hijo de Dios enviado por el Padre. Desde la doctrina católica, este pasaje nos invita a contemplar la revelación divina, la importancia de la fe y la responsabilidad humana ante la verdad que Cristo encarna.
Jesús comienza diciendo: «Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es válido». Este reconocimiento no implica duda sobre su autoridad, sino que refleja su humildad y su deseo de mostrar que su misión no depende solo de sus palabras, sino de la voluntad del Padre. En la tradición católica, esto resuena con la enseñanza de que la verdad de Cristo se confirma por múltiples caminos: la creación, la Ley, los profetas y, sobre todo, el testimonio del Padre mismo. El Catecismo (n. 156) nos recuerda que la fe se apoya en «los signos y milagros» que autentican la revelación divina, y aquí Jesús despliega esos signos.
Primero, menciona a Juan el Bautista, «una lámpara que ardía y alumbraba», quien preparó el camino y dio testimonio de la luz verdadera. Aunque los judíos se alegraron por un tiempo con Juan, Jesús señala que tiene un testimonio mayor: «las obras que el Padre me dio para llevar a cabo». Estas obras —como la curación del paralítico— son señales visibles del poder divino, que la Iglesia, siguiendo a Santo Tomás de Aquino (Summa Theologiae, III, q. 43, a. 1), ve como confirmaciones de la misión redentora de Cristo. Para el creyente católico, los milagros no son meros prodigios, sino invitaciones a reconocer a Jesús como el enviado de Dios.
El testimonio supremo, sin embargo, es el del Padre: «El Padre que me envió ha dado testimonio de mí». Este eco del bautismo de Jesús (Jn 1:32-34) y la Transfiguración (Mt 17:5) subraya la voz divina que lo proclama Hijo amado. En la fe católica, esto apunta al misterio de la Trinidad y a la Encarnación: el Padre revela al Hijo, y el Hijo glorifica al Padre. Sin embargo, Jesús reprende a sus oyentes: «Nunca habéis oído su voz ni visto su rostro». Esta acusación pone en evidencia la ceguera espiritual de quienes, teniendo las Escrituras, no reconocen en ellas al Mesías prometido.
El pasaje culmina con una reflexión sobre las Escrituras: «Ellas son las que dan testimonio de mí, y vosotros no queréis venir a mí para tener vida». Aquí, Jesús se presenta como el cumplimiento de la Ley y los Profetas, una verdad que la Iglesia ha proclamado desde sus inicios (Catecismo, n. 65). San Agustín, en sus comentarios a este evangelio, señala que las Escrituras son como un faro que guía hacia Cristo, pero requieren un corazón abierto para acogerlo. La negativa de los judíos a creer refleja el drama de la libertad humana: Dios ofrece la salvación, pero no la impone.
Finalmente, Jesús invoca a Moisés como testigo: «Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él». Este vínculo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento es central en la teología católica, que ve en Cristo la plenitud de la revelación (Catecismo, n. 129). La acusación de que Moisés será su juez ante el Padre resalta la ironía de rechazar al Salvador anunciado por el mismo a quien veneran.
Juan 5:31-47, desde la fe católica, es una llamada a escuchar los testimonios que Dios nos da —la voz de los profetas, las obras de Cristo, las Escrituras— y a responder con fe viva. Nos desafía a examinar si buscamos la gloria humana o la que viene de Dios, y nos urge a acercarnos a Jesús, en quien encontramos la vida eterna. Es un recordatorio de que la verdad de Cristo no solo se proclama, sino que se demuestra en su amor y poder, invitándonos a participar en su obra redentora.
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