4 de abril
san Isidoro de Sevilla
Sabiduría 2:1, 12-22 Salmos 34:17-21, 23 Juan 7:1-2, 10, 25-30
Origen Divino
“Veamos si sus palabras son verdaderas y comprobemos lo que le pasará al final” (Sabiduría 2:17).
#abril #lecturadeldia #cuaresma
Juan 7:1-2, 10, 25-30 nos traslada a un momento de tensión en la vida pública de Jesús, durante la fiesta de los Tabernáculos, donde su identidad y misión se debaten entre el pueblo y sus adversarios. Desde la perspectiva de la doctrina católica, este pasaje ilumina la humanidad y divinidad de Cristo, su obediencia al plan del Padre y el drama de la incredulidad humana frente a la revelación divina.
El texto inicia con Jesús en Galilea, evitando Judea porque «los judíos buscaban matarlo». Este detalle refleja la plena humanidad de Cristo, quien, como enseña el Catecismo (n. 470), asumió nuestra naturaleza con sus limitaciones, incluyendo la prudencia ante el peligro. Sin embargo, también apunta a su soberanía divina: no huye por miedo, sino que actúa según la «hora» designada por el Padre. La fiesta de los Tabernáculos (v. 2), una celebración judía de acción de gracias por la cosecha y la providencia de Dios en el desierto, sirve como telón de fondo simbólico: Jesús, el verdadero pan vivo y agua de vida, está presente, aunque aún no plenamente reconocido.
En el versículo 10, vemos que Jesús sube a la fiesta (no públicamente), sino como en «secreto». Esta discreción no es cobardía, sino fidelidad al tiempo del Padre, como señala Santo Tomás de Aquino al comentar que Cristo obra con sabiduría divina, revelándose progresivamente (Summa Theologiae, III, q. 40, a. 3). Su enseñanza en el templo, narrada más adelante, provoca asombro y división. En los versículos 25-30, algunos habitantes de Jerusalén se preguntan: «¿No es este aquel a quien querían matar? (…) Sabemos de dónde es este; pero cuando venga el Mesías, nadie sabrá de dónde es». Aquí emerge un malentendido: creen conocer el origen humano de Jesús (Nazaret), pero ignoran su origen divino, su generación eterna como Hijo del Padre.
Jesús responde con autoridad: «Me conocéis y sabéis de dónde soy; pero yo no he venido por mi cuenta, sino que me ha enviado el que es veraz». Desde la fe católica, estas palabras reafirman la Encarnación: Jesús es plenamente hombre, con un origen terreno conocido, pero también plenamente Dios, enviado por el Padre para la salvación del mundo (Catecismo, n. 461). Su declaración «Todavía estoy con vosotros por poco tiempo, y luego me voy al que me envió» alude a su Pasión, Resurrección y Ascensión, misterios centrales de la redención que la Iglesia celebra en la liturgia.
La reacción del pueblo es mixta: algunos intentan prenderlo, pero «nadie le puso la mano encima, porque aún no había llegado su hora». Este detalle subraya la providencia divina que guía la vida de Cristo. San Agustín, en sus comentarios al Evangelio de Juan, interpreta esta «hora» como el momento designado para el sacrificio redentor, cuando Jesús libremente entregará su vida por amor. La incredulidad de muchos, a pesar de los signos, refleja el misterio de la libertad humana: Dios se revela, pero no fuerza la aceptación de su verdad.
Juan 7:1-2, 10, 25-30 nos invita a contemplar a Jesús como el Mesías prometido, cuya identidad trasciende las expectativas humanas. Nos desafía a ir más allá de lo superficial —el «de dónde es» terrenal— para reconocer su origen divino y su misión salvífica. La fiesta de los Tabernáculos, con sus símbolos de agua y luz, prefigura a Cristo, quien en este mismo capítulo (Jn 7:37-38) se proclamará fuente de agua viva. Así, este pasaje nos llama a acogerlo con fe, a confiar en su tiempo y a prepararnos para seguirlo hasta el Padre, participando en la vida eterna que Él ofrece.
- Memoria de Santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia

- IV Domingo de Pascua

- El Milagro de la Dolorosa: Historia y Significado en Ecuador

- Domingo de Pascua de la Resurrección del SeñorVigilia pascual en la noche santa

- Miércoles Santo
- Vida Eterna a través de la Fe en Cristo

