La Cruz y la Salvación en Juan 8:21-30

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8 de abril

Números 21:4-9 Salmos 102:2-3, 16-21 Juan 8:21-30

Identidad Divina

Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre una asta. Y cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba hacia la serpiente de bronce y quedaba curado (Números 21:9).

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El pasaje de Juan 8:21-30 nos presenta un momento de profunda tensión y revelación en el ministerio de Jesús. En este texto, el Señor habla a los fariseos y a la multitud con una claridad que desafía su comprensión y los confronta con la verdad de su identidad divina. Desde la perspectiva de la doctrina católica, este fragmento es una rica fuente de reflexión sobre el misterio de Cristo, su relación con el Padre y la llamada a la fe que nos redime.

Jesús comienza diciendo: «Yo me voy, y me buscaréis, pero moriréis en vuestro pecado. A donde yo voy, vosotros no podéis venir» (Jn 8:21). Estas palabras son un eco de su misión salvífica y una advertencia sobre las consecuencias de rechazar la luz que Él ofrece. En la enseñanza católica, el pecado es entendido como una ruptura con Dios, y aquí Jesús subraya que apartarse de Él, que es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14:6), lleva a la muerte espiritual. Sin embargo, no se trata de una condena irrevocable, sino de una invitación urgente a la conversión, porque, como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 1033), Dios no desea la perdición de nadie, sino que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (cf. 1 Tim 2:4).

Los fariseos, confundidos, se preguntan: «¿Acaso se va a suicidar?» (Jn 8:22), mostrando su incapacidad para comprender la dimensión trascendente de las palabras de Jesús. Él responde: «Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo» (Jn 8:23). Esta declaración resuena con la fe católica en la Encarnación: Jesús, siendo verdadero Dios y verdadero hombre, procede del Padre y su origen divino lo distingue radicalmente de la humanidad caída. El Concilio de Nicea (325) y el Credo que profesamos cada domingo afirman esta verdad: «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero». Su «ser de arriba» no es solo una cuestión de origen, sino una revelación de su autoridad y santidad, que nos llama a elevar nuestra mirada hacia lo eterno.

El versículo clave llega cuando Jesús dice: «Os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados» (Jn 8:24). Aquí, el uso de «Yo Soy» (en griego, ego eimi) es una referencia directa al nombre divino revelado a Moisés en el Sinaí (Éx 3:14). Desde la doctrina católica, este es un momento sublime en el que Jesús se identifica con la divinidad misma, confirmando su consubstancialidad con el Padre, como lo expresa el Concilio de Calcedonia (451). La fe en Él como el Hijo de Dios encarnado es, por tanto, el fundamento de nuestra salvación. El CIC (436) nos recuerda que «Cristo» significa «Mesías» y «Ungido», pero también que su mesianismo se cumple en la redención que ofrece a través de la cruz.

La incredulidad de los fariseos los lleva a preguntar: «¿Quién eres tú?» (Jn 8:25), a lo que Jesús responde con paciencia y firmeza: «Lo que desde el principio os estoy diciendo» (Jn 8:25). Su respuesta apunta a la coherencia de su mensaje y su identidad, que no es un enigma insoluble, sino una verdad accesible a quienes abren su corazón. En este sentido, la Iglesia nos enseña que la revelación de Dios en Cristo es progresiva pero definitiva (CIC 66), y que Él se da a conocer plenamente en su entrega por nosotros.

Finalmente, el pasaje culmina con un anuncio de la cruz: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces conoceréis que Yo Soy» (Jn 8:28). La crucifixión, lejos de ser una derrota, será la exaltación de Cristo y la prueba suprema de su divinidad. La doctrina católica ve en la cruz el acto redentor por excelencia (CIC 616), donde el amor de Dios se manifiesta en su máxima expresión. Juan nos dice que «muchos creyeron en Él» (Jn 8:30) al escuchar estas palabras, lo que nos invita a reflexionar: la fe nace del encuentro con Cristo, especialmente en el misterio pascual.

En resumen, Juan 8:21-30 es un llamado a reconocer a Jesús como el «Yo Soy», el Salvador enviado por el Padre. Desde la perspectiva católica, nos interpela a vivir en la fe, a abandonar el pecado y a abrazar la cruz como fuente de vida eterna. Que María, Madre y Reina, nos guíe hacia su Hijo, para que, creyendo en Él, no muramos en nuestros pecados, sino que tengamos vida en abundancia (Jn 10:10).

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