10 de abril
Génesis 17:3-9 Salmos 105:4-9 Juan 8:51-59
Antes de Abraham, Yo Soy
“Abram cayó con el rostro en tierra, mientras Dios le seguía diciendo” (Génesis 17:3).
#abril #lecturadeldia #cuaresma
El fragmento de Juan 8:51-59 nos sumerge en un momento de profunda tensión y revelación en el ministerio de Jesús. En este diálogo con los judíos, el Señor pronuncia palabras que desafían la comprensión humana y desvelan su identidad divina, invitándonos a reflexionar sobre la vida eterna, la fe y la relación íntima entre Él y el Padre. Desde la perspectiva de la doctrina católica, este texto resuena con verdades fundamentales sobre la persona de Cristo y la respuesta que se nos pide ante su mensaje.
Jesús afirma: «En verdad, en verdad os digo: si alguno guarda mi palabra, no verá la muerte jamás» (Jn 8:51). Esta declaración no debe entenderse en un sentido meramente físico, pues todos enfrentamos la muerte corporal. Más bien, como enseña la Iglesia, Jesús apunta a la vida eterna, la victoria sobre la muerte espiritual que el pecado acarrea (Catecismo de la Iglesia Católica, 1010). Guardar su palabra implica acoger su enseñanza con fe, vivir en comunión con Él y participar en la gracia de los sacramentos, especialmente la Eucaristía, que es «prenda de la gloria futura» (CIC, 1402). Es una invitación a la confianza total en Cristo como el camino hacia el Padre, el único que puede librarnos del poder del pecado y de la muerte eterna.
Los interlocutores de Jesús, sin embargo, malinterpretan sus palabras y se escandalizan: «¿Eres tú mayor que nuestro padre Abrahán, que murió?» (Jn 8:53). Aquí vemos el obstáculo de la incredulidad, un tema recurrente en el Evangelio de Juan. Los judíos se aferran a una comprensión terrenal, incapaz de captar la trascendencia de las palabras de Cristo. Este pasaje nos recuerda que la fe es un don que requiere apertura del corazón. Como dice el Concilio Vaticano II, «para que se preste esta fe, son necesarias la gracia de Dios que se adelanta y ayuda, y los auxilios interiores del Espíritu Santo» (Dei Verbum, 5). Sin esta disposición, el mensaje de Jesús puede parecer un enigma o incluso una provocación.
El clímax del pasaje llega cuando Jesús declara: «Antes que Abrahán existiera, Yo Soy» (Jn 8:58). Esta afirmación es una revelación directa de su divinidad. Al usar la expresión «Yo Soy», Jesús se identifica con el nombre divino revelado a Moisés en la zarza ardiente (Éx 3:14). La doctrina católica reconoce aquí una profesión clara de la preexistencia y eternidad de Cristo como la Segunda Persona de la Trinidad (CIC, 464). Es un momento que nos invita a adorar el misterio de la Encarnación: el Verbo eterno, que estaba con Dios desde el principio (Jn 1:1), asumió nuestra humanidad para redimirnos. La reacción de los judíos, que toman piedras para apedrearlo, refleja el rechazo ante una verdad que desafía sus categorías y pone en crisis su seguridad.
Este fragmento también nos confronta con nuestra propia respuesta a Jesús. ¿Estamos dispuestos a «guardar su palabra», a vivir de acuerdo con su Evangelio, aun cuando ello implique renuncias o dificultades? La fe que Cristo pide no es un mero asentimiento intelectual, sino un compromiso existencial que transforma nuestra vida. Como dice santo Tomás de Aquino, «creer es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia» (Suma Teológica, II-II, q. 2, a. 9). Guardar la palabra de Cristo nos lleva a participar en su vida divina, a través de la oración, los sacramentos y la caridad.
Finalmente, el intento de apedrear a Jesús y su misterioso escape («Jesús se ocultó y salió del Templo», Jn 8:59) nos recuerdan que el tiempo de su entrega aún no ha llegado. Su hora, la de la Cruz, será el momento supremo en que su gloria se manifieste plenamente. Para nosotros, este pasaje es una llamada a contemplar a Cristo con los ojos de la fe, a reconocerlo como el «Yo Soy» que nos ofrece la vida eterna y a responder con un amor que se traduzca en obras. Que María, Madre de la fe, nos ayude a acoger estas palabras de su Hijo y a vivirlas con fidelidad, para que, como promete Jesús, no veamos la muerte, sino la gloria de su Reino.
- Memoria de Santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia
- IV Domingo de Pascua
- El Milagro de la Dolorosa: Historia y Significado en Ecuador
- Domingo de Pascua de la Resurrección del SeñorVigilia pascual en la noche santa
- Miércoles Santo
- Vida Eterna a través de la Fe en Cristo
