11 de abril
san Estanislao
Jeremías 20:10–13 Salmos 18:2-7 Juan 10:31-42
Dioses Sois
«Siendo hombre, te haces Dios» (Juan 10:33).
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El pasaje de Juan 10:31-42 nos presenta un momento de gran tensión en la vida de Jesús, donde los judíos toman piedras para apedrearlo, acusándolo de blasfemia por afirmar su unidad con el Padre. Este episodio no solo revela la creciente hostilidad hacia Cristo, sino que también nos invita a reflexionar profundamente sobre su identidad divina y su misión redentora, temas centrales en la doctrina católica.
Cuando los judíos lo confrontan, Jesús responde con serenidad y autoridad, citando el Salmo 82:6: “¿No está escrito en su Ley: ‘Yo dije: dioses sois’?”. Aquí, Jesús subraya que, si la Escritura llama “dioses” a aquellos a quienes se dirigió la palabra de Dios, con mayor razón Él, consagrado y enviado por el Padre, puede afirmar su relación única con Dios. Desde la perspectiva católica, este pasaje reafirma la doctrina de la Encarnación: Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, el Verbo eterno que se hizo carne (Jn 1:14). El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 460) nos enseña que el Hijo de Dios asumió nuestra naturaleza humana para hacernos partícipes de su naturaleza divina, un misterio que resuena en sus palabras.
La reacción de los judíos, incapaces de aceptar esta verdad, refleja la dureza de corazón que a menudo acompaña la incredulidad. Sin embargo, Jesús no se retracta; por el contrario, apela a las obras que realiza en nombre del Padre como testimonio de su identidad: “Si no hago las obras de mi Padre, no me crean; pero si las hago, aunque no me crean a mí, crean a las obras”. Estas obras —milagros, sanaciones, y ultimately su Resurrección— son signos de la presencia del Reino de Dios y pruebas de que Jesús es el Mesías prometido, el Salvador que el Padre envió al mundo.
El pasaje culmina con Jesús retirándose al otro lado del Jordán, donde muchos creen en Él al recordar las palabras de Juan el Bautista. Este detalle nos recuerda la humildad de Cristo, quien no busca imponerse por la fuerza, sino que invita a la fe a través del testimonio y la libertad del corazón. La Iglesia Católica ve en esto un modelo de evangelización: anunciar la verdad con claridad, pero respetando la respuesta libre de cada persona, pues la fe es un don que Dios ofrece, no una coerción.
En conclusión, Juan 10:31-42 nos confronta con la pregunta radical que Jesús plantea a toda la humanidad: ¿quién decimos que es Él? Para la fe católica, Él es el Hijo de Dios, uno en esencia con el Padre, cuya vida y obras nos llaman a reconocerlo como nuestro Señor y Redentor, confiando en que, como dice el Evangelio, “el Padre está en mí y yo en el Padre”. Este misterio de amor y unidad es el corazón de nuestra esperanza cristiana.
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