28 de abril
san Pedro Chanel
san Luis María de Montfort
Hechos 4:23-31 Salmos 2:1-9 Juan 3:1-8
«El que no nazca de nuevo, no puede ver el Reino de Dios»
“Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y anunciaban decididamente la Palabra de Dios” (Hechos 4:31)
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El pasaje de Juan 3:1-8 nos presenta el encuentro entre Jesús y Nicodemo, un fariseo y líder judío que, bajo el velo de la noche, busca comprender quién es este maestro que realiza signos extraordinarios. Este diálogo, profundamente teológico, revela verdades esenciales sobre la salvación y el Reino de Dios desde la perspectiva de la fe católica.
Nicodemo, hombre de conocimiento y autoridad, se acerca con respeto, reconociendo en Jesús un enviado de Dios. Sin embargo, Jesús, con su respuesta directa, lo desafía: «El que no nazca de nuevo, no puede ver el Reino de Dios» (Jn 3:3). Esta afirmación, que desconcierta a Nicodemo, apunta al núcleo de la vida cristiana: el bautismo, sacramento instituido por Cristo para regenerarnos como hijos de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1213) enseña que el bautismo es la puerta de los sacramentos, que nos limpia del pecado original y nos incorpora a la vida divina. El «nacer de nuevo» no es un acto meramente humano, como Nicodemo interpreta al pensar en un retorno literal al seno materno, sino una obra sobrenatural de la gracia.
Jesús profundiza: «El que no nazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3:5). Aquí, la tradición católica ve una clara referencia al bautismo, donde el agua, signo visible, y el Espíritu Santo, agente invisible, operan conjuntamente para transformar al creyente. Santo Tomás de Aquino, en su comentario a este pasaje, subraya que el agua simboliza la purificación, mientras que el Espíritu infunde la vida divina, haciendo del bautizado una «nueva criatura» (2 Cor 5:17). Este nacimiento espiritual trasciende lo carnal, como Jesús aclara: «Lo nacido de la carne es carne, lo nacido del Espíritu es espíritu» (Jn 3:6). La carne, limitada por su naturaleza, no puede alcanzar lo eterno; solo el Espíritu, que procede de Dios, otorga la vida que perdura.
El pasaje culmina con la imagen del viento, que «sopla donde quiere» (Jn 3:8). Esta metáfora ilustra la libertad y el misterio del Espíritu Santo, que actúa soberanamente, sin estar sujeto a los cálculos humanos. La fe católica nos invita a acoger esta acción divina con humildad, reconociendo que, como Nicodemo, a menudo nos aferramos a nuestras categorías terrenales para comprender lo celestial. El Concilio de Trento, al tratar sobre la justificación, enfatiza que la gracia es un don gratuito de Dios, no algo que podamos controlar o merecer por nuestros méritos.
En este diálogo, Jesús llama a Nicodemo —y a nosotros— a una conversión radical: dejar atrás la autosuficiencia y abrirse al misterio de la gracia. Desde la doctrina católica, Juan 3:1-8 nos recuerda que la vida cristiana comienza con el bautismo, pero se sostiene por una continua docilidad al Espíritu, que nos guía hacia la plenitud del Reino. Como Nicodemo, estamos invitados a salir de la noche de nuestras dudas y a dejarnos iluminar por la verdad de Cristo, que nos hace nacer a una vida nueva.
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