Diversidad de Vocaciones en la Iglesia

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7 de junio

Novena de Pentecostés — Día 9

Hechos 28:16-20, 30-31 Salmos 11:4-5, 7 Juan 21:20-25

Tú Sígueme

“… ¿Qué importa? Tu sígueme (Juan 21:22).

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El pasaje de Juan 21:20-25, que cierra el cuarto Evangelio, es un epílogo cargado de significado teológico y eclesial, donde se abordan la misión particular de los discípulos, la providencia divina sobre sus destinos y la profundidad insondable de la obra de Cristo. Desde la perspectiva de la doctrina católica y las reflexiones de santo Tomás de Aquino, este texto nos invita a contemplar la diversidad de vocaciones en la Iglesia, la humildad ante los planes de Dios y la infinitud del misterio de Cristo, cuyo testimonio trasciende toda narración humana.

En este pasaje, Pedro, tras recibir el mandato de apacentar las ovejas de Cristo (Jn 21:15-19), se vuelve y ve al discípulo amado, preguntando a Jesús: «Señor, ¿y este qué?» (Jn 21:21). La respuesta de Jesús, «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú, sígueme» (Jn 21:22), subraya la soberanía divina sobre la vocación de cada discípulo. Desde la doctrina católica, este diálogo refleja la diversidad de carismas y misiones dentro de la Iglesia. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 871-873) enseña que todos los fieles son llamados a la santidad, pero cada uno según el plan particular de Dios. Pedro, como pastor y fundamento visible de la Iglesia, tiene una misión distinta a la del discípulo amado, tradicionalmente identificado con Juan, cuya vocación parece estar marcada por un testimonio contemplativo y profético.

Santo Tomás de Aquino, en su comentario al Evangelio de Juan (Super Ioannem), interpreta la pregunta de Pedro como una expresión de curiosidad humana, no exenta de afecto, pero que debe ser reorientada hacia la obediencia a la propia llamada. Para Aquino, la respuesta de Jesús no es un reproche severo, sino una invitación a la humildad y a la confianza en la providencia divina. En su Summa Theologiae (II-II, q. 185, a. 5), santo Tomás explica que cada fiel debe aceptar su vocación sin compararse con los demás, pues la diversidad de misiones en la Iglesia refleja la sabiduría de Dios, que ordena todas las cosas para el bien común del Cuerpo de Cristo. La admonición de Jesús a Pedro, «Tú, sígueme», resuena como un llamado universal a centrarse en la propia relación con Cristo, dejando los destinos de los demás en manos de Dios.

El pasaje también aborda un malentendido entre los discípulos, quienes pensaron que el discípulo amado no moriría (Jn 21:23). El evangelista aclara que Jesús no dijo que no moriría, sino que su destino estaba sujeto a la voluntad divina. Santo Tomás ve en esta corrección una lección sobre la interpretación recta de las palabras de Cristo. En su tratado sobre la fe (Summa Theologiae II-II, q. 1, a. 2), Aquino subraya que la fe debe basarse en la verdad revelada, no en rumores o suposiciones. Desde la doctrina católica, este detalle refuerza la importancia de la Tradición y el Magisterio para discernir el sentido auténtico de la Revelación, evitando interpretaciones erróneas que puedan surgir en la comunidad.

El versículo final, «Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero» (Jn 21:24), junto con la declaración de que «si se escribieran una por una, pienso que no cabrían en el mundo los libros que se escribieran» (Jn 21:25), resalta la autoridad del testimonio apostólico y la inmensidad del misterio de Cristo. Para santo Tomás, el discípulo amado, como testigo ocular, ofrece un testimonio fidedigno que fundamenta la fe de la Iglesia. En su Summa (III, q. 55, a. 5), Aquino explica que la verdad de la Revelación, aunque transmitida por medios humanos, tiene su origen en Dios, y su plenitud excede toda comprensión. La doctrina católica ve en este cierre una afirmación de la insuficiencia de las palabras humanas para abarcar la totalidad de la obra de Cristo, lo que apunta a la eternidad de su misterio, que será plenamente contemplado en la visión beatífica.

En conclusión, Juan 21:20-25 nos invita a aceptar con humildad nuestra vocación personal, confiando en la sabiduría de Dios que asigna a cada uno su lugar en el plan de salvación. Desde las reflexiones de santo Tomás de Aquino, comprendemos que la diversidad de misiones en la Iglesia no es motivo de envidia o comparación, sino una manifestación de la riqueza del designio divino. El testimonio del discípulo amado, arraigado en la verdad de Cristo, nos llama a profundizar en la fe y a reconocer que el misterio de Jesús excede toda narración humana. Como católicos, este pasaje nos anima a seguir a Cristo con fidelidad, confiando en su providencia y dando testimonio de su amor, conscientes de que su gloria, aunque parcialmente revelada, solo se contemplará plenamente en la eternidad.

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