12 de junio
2 Corintios 3:15—4:1, 3-6 Salmos 85:9-14 Mateo 5:20-26
Reconcialicion
“Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2 Corintios 3:17).
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El pasaje de Mateo 5:20-26, parte del Sermón de la Montaña, es una de las enseñanzas más profundas de Jesús sobre la justicia, la reconciliación y la pureza del corazón. En este texto, Cristo eleva la comprensión de la ley mosaica, exhortando a sus discípulos a superar la justicia de los escribas y fariseos, y a vivir una vida de caridad y rectitud interior. Desde la perspectiva de la doctrina católica, este pasaje nos invita a una conversión profunda, no solo en nuestras acciones externas, sino en el corazón, que es la fuente de toda moralidad. Santo Tomás de Aquino, en sus comentarios y escritos, particularmente en la Suma Teológica y su Comentario al Evangelio de San Mateo, ofrece una guía luminosa para entender estas palabras de Jesús.
Contexto y contenido del pasaje
En Mateo 5:20, Jesús declara: «Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos». Aquí, Cristo establece un nuevo estándar de justicia que trasciende el cumplimiento externo de la ley. Los escribas y fariseos eran conocidos por su rigor en observar las normas externas, pero a menudo descuidaban la disposición interior del corazón. La justicia que Jesús exige es una justicia interior, impregnada de amor y humildad, que no solo evita el pecado, sino que busca la perfección en la caridad.
En los versículos siguientes (21-26), Jesús profundiza en el mandamiento «No matarás», mostrando que la ira y el rencor son también transgresiones graves. Declara que quien se enoje con su hermano será tan culpable como quien comete un homicidio, y más aún, quien insulte o maldiga a su prójimo enfrentará un juicio severo. Jesús culmina exhortando a la reconciliación inmediata: «Si, pues, estás presentando tu ofrenda en el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5:23-24). Este mandato subraya la primacía de la caridad y la paz sobre el culto externo.
Este pasaje refleja el núcleo del mensaje evangélico: la ley del amor. El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 2054) recuerda que Jesús no vino a abolir la ley, sino a darle plenitud, llevándola a su máxima expresión en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. La justicia que supera a la de los fariseos no es un legalismo estéril, sino una vida transformada por la gracia, que busca la santidad a través de la caridad. El pecado, como enseña la Iglesia, no es solo un acto externo, sino una disposición interior que aleja al hombre de Dios (CIC 1850). Por eso, Jesús condena no solo el homicidio, sino también la ira, el insulto y el desprecio, que son semillas de violencia y ruptura de la comunión fraterna.
La exhortación a la reconciliación antes del culto resalta la importancia de la pureza de intención en la liturgia. Según el CIC (1124-1125), el culto cristiano debe ser un reflejo de una vida en conformidad con Cristo. La reconciliación con el prójimo es un prerrequisito para ofrecer un culto agradable a Dios, pues, como dice San Juan, «si alguien dice: ‘Yo amo a Dios’, pero odia a su hermano, es un mentiroso» (1 Jn 4:20).
Comentario de Santo Tomás de Aquino
Santo Tomás de Aquino, en su Comentario al Evangelio de San Mateo y en la Suma Teológica (II-II, q. 83, a. 9), aborda este pasaje con gran profundidad teológica. Para él, la justicia que Jesús exige es la iustitia interior, que brota de la caridad y la gracia, superando la mera observancia externa de la ley. En su comentario a Mateo 5:20, Santo Tomás explica que los escribas y fariseos se contentaban con evitar los pecados graves en lo externo, pero descuidaban la purificación del corazón. La verdadera justicia, según el Aquinate, consiste en ordenar todas las potencias del alma (intelecto, voluntad y pasiones) hacia Dios, lo que implica desterrar la ira y el odio, que perturban la paz interior y la comunión con los demás.
Sobre la ira, en Mateo 5:22, Santo Tomás distingue entre la ira per se y la ira per accidens. La ira puede ser lícita cuando se ordena a corregir un mal con recta intención (como la indignación de Jesús en el templo), pero se convierte en pecado cuando se dirige al mal del prójimo o se nutre de rencor. En la Suma Teológica (II-II, q. 158, a. 1), el Doctor Angélico enseña que la ira desordenada es un pecado capital porque engendra otros males, como el insulto y la violencia, y destruye la caridad. Los insultos como «raca» o «necio» son, según Santo Tomás, manifestaciones de un corazón endurecido que busca humillar al otro, lo que constituye una grave ofensa contra la dignidad humana.
En cuanto a la reconciliación (Mt 5:23-26), Santo Tomás subraya la necesidad de la caridad fraterna como condición para el culto. En su comentario, explica que el altar representa la ofrenda espiritual de uno mismo a Dios, pero esta ofrenda es inaceptable si el corazón está dividido por el rencor. Cita a San Agustín, quien dice que «es mejor dejar el altar para reconciliarse que ofrecer un sacrificio con un corazón en discordia». Para Santo Tomás, la urgencia de la reconciliación refleja la gravedad del pecado contra la caridad, que es el vínculo de la perfección (Col 3:14).
Reflexión final
El pasaje de Mateo 5:20-26, iluminado por la doctrina católica y los comentarios de Santo Tomás, nos llama a una vida de santidad que trasciende el cumplimiento superficial de la ley. Jesús nos invita a purificar nuestro corazón, a desterrar la ira y el rencor, y a buscar la reconciliación como un acto de amor que prepara el alma para el encuentro con Dios. Como enseña Santo Tomás, la verdadera justicia es aquella que ordena el corazón hacia Dios y el prójimo, haciendo de la caridad la medida de toda acción. En un mundo marcado por divisiones y conflictos, este pasaje es un recordatorio de que la paz comienza en el corazón reconciliado, que se ofrece a Dios en un culto puro y sincero. Que, por intercesión de la Virgen María, Madre de la Paz, podamos vivir esta enseñanza con humildad y fidelidad.
