La Verdad y los Juramentos en el Sermón de la Montaña

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14 de junio

2 Corintios 5:14-21 Salmos 103:1-4, 9-12 Mateo 5:33-37

De Dios

Jesús “murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Corintios 5:15).

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El pasaje de Mateo 5:33-37, parte del Sermón de la Montaña, nos presenta a Jesús profundizando en la ley moral, elevándola más allá de la mera observancia externa hacia una autenticidad radical del corazón. Aquí, Cristo aborda el tema de los juramentos, diciendo: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos. Pero yo os digo: No juréis en absoluto, ni por el cielo, porque es el trono de Dios, ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies, ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni por tu cabeza jures, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. Sea vuestro lenguaje: Sí, sí; no, no; que lo que pasa de aquí, viene del maligno» (Mt 5:33-37). Este pasaje, en el contexto de la doctrina católica y enriquecido por las reflexiones de Santo Tomás de Aquino, nos invita a contemplar la verdad como reflejo de la naturaleza divina y a vivir en una sinceridad que trascienda las artimañas humanas.

En la tradición católica, este texto subraya la importancia de la veracidad como virtud que ordena nuestras palabras y acciones hacia la verdad, que es Dios mismo, pues, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, «la verdad es la virtud por la que una persona se compromete a decir lo que es verdadero» (CIC 2468). Jesús no solo prohíbe el perjurio, como lo exigía la Ley de Moisés (Éx 20:7; Lev 19:12), sino que eleva el estándar ético al rechazar cualquier juramento innecesario. Este mandato no implica una condena absoluta de los juramentos, pues la Iglesia reconoce que, en ciertas circunstancias, un juramento puede ser lícito si se hace con verdad, justicia y necesidad (CIC 2154). Sin embargo, Jesús apunta a una pureza de intención: nuestra palabra debe ser tan fiable que no requiera de juramentos para ser creíble.

Santo Tomás de Aquino, en su Summa Theologiae (II-II, q. 89), ofrece una reflexión profunda sobre los juramentos, que ilumina este pasaje. Para Tomás, el juramento es un acto por el cual se invoca a Dios como testigo de la verdad de lo que se dice, lo cual implica una reverencia absoluta hacia la divinidad. Sin embargo, coincide con Jesús en que los juramentos no deben ser un recurso cotidiano, ya que «el hombre debe esforzarse por hacer que su palabra sea verdadera por sí misma» (ST II-II, q. 89, a. 2). La enseñanza de Cristo en Mateo 5:33-37, según Tomás, nos llama a una vida de simplicidad y transparencia, donde nuestras palabras reflejen la rectitud de nuestra alma. Jurar innecesariamente, o hacerlo por cosas creadas (como el cielo o la tierra), puede ser una forma de frivolidad que deshonra la majestad de Dios, quien es la Verdad suprema.

Tomás también conecta esta enseñanza con la virtud de la justicia, que ordena nuestras relaciones con los demás. En su comentario, señala que el juramento excesivo o falso surge de un corazón desordenado, que busca manipular o engañar. Jesús, al decir «lo que pasa de aquí, viene del maligno», nos advierte que el abuso de los juramentos puede ser un reflejo de la mentira, que tiene su origen en el diablo, «padre de la mentira» (Jn 8:44). Para Tomás, la veracidad es un reflejo de la imagen de Dios en nosotros, ya que, como seres creados a imagen y semejanza divina (Gén 1:26), estamos llamados a imitar la verdad inmutable de Dios. Así, el «sí, sí; no, no» de Jesús es una invitación a alinear nuestro hablar con el orden divino, evitando cualquier duplicidad.

Este pasaje también nos lleva a reflexionar sobre la humildad, una virtud que Tomás considera fundamental. Jurar por el cielo, la tierra o la propia cabeza puede reflejar un deseo de autoexaltación, como si el hombre pudiera arrogarse un poder que solo pertenece a Dios. Tomás, en su análisis de la humildad (ST II-II, q. 161), nos recuerda que el hombre debe reconocerse como criatura dependiente, incapaz incluso de cambiar un cabello de su cabeza sin la voluntad divina. La enseñanza de Jesús, por tanto, nos exhorta a despojarnos de toda pretensión y a vivir en la verdad humilde de nuestra condición.

Desde una perspectiva católica, este texto nos desafía a examinar nuestra relación con la verdad en la vida cotidiana. ¿Son nuestras palabras un reflejo de la verdad de Cristo? ¿Buscamos adornar nuestra conversación con juramentos para compensar una falta de integridad? La doctrina de la Iglesia, iluminada por Santo Tomás, nos llama a cultivar una vida interior que haga innecesarios los juramentos, porque nuestras palabras y acciones ya son un testimonio vivo de la verdad. Como dice Tomás, «la verdad de la vida, la verdad de la palabra y la verdad de la intención deben estar unidas» (ST II-II, q. 109, a. 3). En un mundo donde la palabra a menudo se manipula, el «sí, sí; no, no» de Jesús es un llamado a la autenticidad, a ser testigos creíbles del Evangelio.

Así, Mateo 5:33-37 no es solo una norma sobre el lenguaje, sino una invitación a transformar nuestro corazón para que refleje la verdad divina. En palabras de Santo Tomás, «el fin de toda nuestra vida debe ser la gloria de Dios» (ST I-II, q. 100, a. 6), y vivir en la verdad es un paso esencial hacia esa meta. Que nuestras palabras, purificadas por la gracia, sean siempre un eco del Verbo eterno, que es la Verdad misma.

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