El Magníficat: Lecciones de Humildad de la Virgen María

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Agosto 15, 2025

Apocalipsis 11, 19; 12, 1-6. 10 Salmo 44, 10bc. 11. 12ab. 16 1 Corintios 15, 20-27 Lucas 1, 39-56

Solemnidad de Asunción de la Santísima Virgen María
Misa del día

De pie, a tu derecha, está la reina

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El evangelio según san Lucas nos introduce en un momento de gran ternura y profundidad espiritual: la Virgen María, tras haber recibido el anuncio del ángel y haber concebido al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo, no se queda encerrada en sí misma ni en su privilegio divino. Al contrario, «se levantó y fue con prontitud a la región montañosa». Este gesto de María es ya una predicación en acto: la gracia auténtica impulsa al amor, al servicio, a la caridad concreta.

San Alfonso María de Ligorio, gran doctor de la Iglesia y apóstol de la devoción mariana, contemplaba este pasaje como un ejemplo perfecto de cómo el alma llena de Dios no puede permanecer inactiva. En sus escritos, nos recuerda que María, aún siendo Madre de Dios, se declara sierva, y corre al encuentro de su prima para ayudarla en sus necesidades. Este movimiento de María es, en palabras del santo, «una caridad que arde y no espera ser llamada». La prontitud de María, para san Alfonso, es reflejo del alma que ama sin medida, porque está completamente unida a la voluntad divina.

La visita de María produce una alegría desbordante: el niño salta en el seno de Isabel, y ella, llena del Espíritu Santo, proclama la bendición de María: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre». San Alfonso veía en esta escena una confirmación de la mediación maternal de María: Cristo aún no ha nacido, y ya su sola presencia, llevada en el seno de la Virgen, santifica a Juan el Bautista. María, como portadora de Jesús, es causa de alegría, de gracia y de santificación.

Y en el centro de este pasaje, María canta el Magníficat, su himno de alabanza. San Alfonso, al meditar este canto, veía en él no solo una expresión de humildad, sino también una escuela de virtudes. María se reconoce pequeña, sierva, pero es precisamente por eso que Dios la ha engrandecido. “Dios mira la humildad de su esclava”, y en esta mirada amorosa, que exalta a los humildes y derriba a los soberbios, el santo napolitano veía el modo en que Dios actúa en las almas: no por méritos, sino por disposición interior.

Para san Alfonso, el Magníficat es también una lección para todos los cristianos: si queremos que Dios haga grandes cosas en nosotros, debemos tener el corazón de María: humilde, agradecido, y abierto a la acción divina. “Engrandece mi alma al Señor”, dice María, y san Alfonso comenta que el alma que ama verdaderamente a Dios no busca su propia gloria, sino la de Aquel que es digno de todo honor.

Finalmente, María se queda «unos tres meses» con Isabel. No fue una visita fugaz. Sirvió, amó, se hizo presente. Para san Alfonso, esto muestra la constancia de la virtud y la perseverancia en el amor. La caridad no es solo un impulso inicial, sino una actitud que se prolonga en el tiempo, que sabe esperar, acompañar y entregarse sin medida.

Reflexión Final

El pasaje de la Visitación y el canto del Magníficat, iluminados por san Alfonso María de Ligorio, nos invitan a contemplar a María como modelo de humildad activa, de caridad ardiente y de perfecta docilidad a la gracia. Ella no se gloría en sí misma, sino en Dios. Ella no se reserva sus dones, sino que los pone al servicio de los demás. Ella no habla de sí, sino que canta las maravillas del Señor. Así, María se convierte en espejo para todo cristiano que desea vivir una fe encarnada, humilde y fecunda.

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