Niños y el Reino de los Cielos: Una Reflexión

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Agosto 16, 2025

Josué 24, 14-29 Salmo 15, 1-2a y 5. 7-8. 11 Mateo 19, 13-15

Sábado de la XIX semana del Tiempo ordinario

El Señor es nuestro Dios

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El pasaje de Mateo 19, 13-15 nos presenta una escena profundamente significativa en la que Jesús acoge a los niños, a pesar de la resistencia de los discípulos, y proclama que «de los que son como ellos es el Reino de los Cielos».

En este pasaje, los niños son llevados a Jesús para que los bendiga, pero los discípulos los reprenden, quizás considerando que no eran dignos de la atención del Maestro. Jesús, sin embargo, corrige esta actitud y dice: «Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 19, 14). Esta enseñanza subraya la predilección de Dios por los pequeños, los humildes, aquellos que no se apoyan en sus propias fuerzas, sino en la gracia divina. La doctrina católica, en sintonía con esta enseñanza, reconoce que la salvación no se alcanza por méritos propios, sino por la misericordia de Dios, que se derrama especialmente sobre aquellos que se acercan a Él con un corazón puro y confiado.

Santo Tomás de Aquino, en su *Summa Theologiae*, reflexiona sobre la humildad como una virtud fundamental que dispone al alma para recibir la gracia. En la *Summa* (II-II, q. 161, a. 1), explica que la humildad consiste en reconocer nuestra dependencia de Dios, aceptando nuestra pequeñez ante Su majestad. Los niños, en su simplicidad y confianza, encarnan esta virtud de manera natural. No buscan autoafirmarse ni imponer su voluntad, sino que se abandonan con confianza a quienes los cuidan. Jesús, al señalar a los niños como modelo, nos invita a imitar esta disposición interior: un corazón que no se enreda en la soberbia ni en la autosuficiencia, sino que se abre a la gracia con docilidad.

Además, Santo Tomás, al hablar de la fe (II-II, q. 1-7), destaca que esta virtud, esencial para la salvación, requiere una adhesión confiada a Dios, semejante a la de un niño que cree sin dudar en las palabras de sus padres. En este sentido, el pasaje de Mateo nos recuerda que el Reino de los Cielos pertenece a quienes, como los niños, abrazan la fe con un corazón sencillo, sin complicaciones intelectuales ni resistencias orgullosas. La doctrina católica refuerza esta idea al enseñar que la fe es un don gratuito de Dios, que no depende de la erudición o de las capacidades humanas, sino de la apertura del alma a la acción del Espíritu Santo.

El gesto de Jesús al imponer las manos sobre los niños también resuena con la tradición sacramental de la Iglesia. En la doctrina católica, los sacramentos son signos visibles de la gracia invisible, y la bendición de Jesús puede verse como un anticipo de esta realidad. Santo Tomás, en su tratado sobre los sacramentos (*Summa Theologiae*, III, q. 60-65), subraya que estos son medios por los cuales Cristo continúa tocando y santificando a su pueblo. La imposición de manos de Jesús evoca el Bautismo, sacramento que incorpora a los niños a la Iglesia, haciéndolos partícipes del Reino desde su más tierna edad. La Iglesia, fiel a esta enseñanza, defiende la práctica del bautismo de infantes, reconociendo que la gracia de Dios no está limitada por la edad o la capacidad de comprensión, sino que actúa en virtud de la fe de la comunidad eclesial.

Finalmente, este pasaje nos invita a reflexionar sobre la misión de la Iglesia de acoger a los más pequeños, no solo en un sentido literal, sino también a los «pequeños» en espíritu: los pobres, los marginados, los que no tienen voz. Santo Tomás, al hablar de la caridad (*Summa Theologiae*, II-II, q. 23-33), nos recuerda que el amor a Dios y al prójimo son inseparables. Acoger a los niños, como lo hizo Jesús, es un acto de caridad que refleja el corazón del Evangelio. En un mundo que a menudo valora el poder, la riqueza o la autosuficiencia, la enseñanza de Jesús y las reflexiones de Santo Tomás nos desafían a redescubrir la grandeza de la humildad, la confianza y la dependencia de Dios. Así, Mateo 19, 13-15 no es solo un relato conmovedor, sino una llamada a vivir como hijos de Dios, con un corazón humilde y confiado, para que, como dice Santo Tomás, podamos ser elevados por la gracia a la gloria del Reino, que pertenece a «los que son como ellos».

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