Qué casualidad tan sospechosa.
EL LENGUAJE ES TU CÁRCEL
Porque, al final,
eres dueño de lo que callas…
y esclavo de lo que dices.
El lenguaje es una celda invisible con barrotes de sílabas. No tiene cerraduras ni guardias armados, porque no lo necesita: aprendiste a encerrarte tú mismo cada vez que aceptaste las palabras de otros como si fueran la realidad. Desde niño, te enseñaron a llamar “normalidad” a lo que no cuestionas, y “locura” a todo lo que escapa al guion oficial. Lo que no puedes nombrar, simplemente deja de existir para ti.
Las palabras que pronuncias son llaves y, al mismo tiempo, candados. “Crisis” para justificar recortes. “Paz” para disfrazar obediencia. “Progreso” para esconder pérdida. El diccionario que te dieron no es neutro: está diseñado para que tus pensamientos siempre giren en el mismo corral, aunque creas que eres libre. Si el mapa es falso, nunca encontrarás la salida, aunque recorras todos los caminos.
Liberarse no es inventar un idioma nuevo, sino recordar que antes de las frases, hubo silencios que decían más que cualquier discurso. El día que aprendas a escuchar lo que hay detrás de las palabras —ese eco puro, sin adjetivos— descubrirás que la puerta de tu cárcel siempre estuvo abierta. Pero nadie te dijo dónde mirar.

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