Agosto 17, 2025
Jeremίas 38, 4-6. 8-10 Salmo 39, 2. 3. 4. 18 Hebreos 12, 1-4 Lucas 12, 49-53
XX Domingo Ordinario
Señor, date prisa en ayudarme
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Jesús, en el pasaje de Lucas 12, 49-53, pronuncia unas palabras ardientes y sorprendentes. Declara que ha venido a arrojar fuego sobre la tierra, y expresa su deseo profundo de que ese fuego ya estuviera ardiendo. Este fuego no es un castigo destructivo, sino el fuego del Espíritu Santo y del amor divino, que purifica, consume el pecado y enciende los corazones con celo por Dios. Es el fuego que descendió en Pentecostés, el mismo que transforma y despierta al alma dormida. Cristo anhela ver este fuego expandido en el mundo, como una llama que quema la indiferencia y enciende el fervor de la fe.
Cuando habla de su bautismo, se refiere claramente a su pasión y muerte, el bautismo de sangre con el que iba a consagrar la nueva alianza. Su alma siente angustia hasta que se cumpla, porque sabe que solo a través de la cruz podrá abrirnos el camino hacia la vida y el envío del Espíritu. Este bautismo no es solo suyo, sino que se convierte en modelo para cada cristiano llamado a tomar su cruz. En su sufrimiento está la redención del mundo, y en nuestra participación en ese misterio está el camino de nuestra santificación.
Sus palabras sobre la paz parecen chocar con todo lo que se predica de su misión. No vino a traer una paz falsa, superficial o acomodada al mundo, sino la paz verdadera, fruto de la justicia y del amor. Esta paz exige confrontar el pecado, romper con la mentira y decidirse por la verdad, aunque ello conlleve conflicto. Por eso habla de división. La fidelidad al Evangelio puede provocar oposición incluso en los lazos más íntimos. Padre contra hijo, madre contra hija: son imágenes duras, pero reales. No porque Cristo busque dividir, sino porque su presencia fuerza una elección, y no todos están dispuestos a aceptarla.
Santo Tomás de Aquino explica que esta división es consecuencia del amor a la verdad. Cristo no divide por odio, sino porque quien ama la luz inevitablemente se separa de las tinieblas. La palabra del Evangelio no deja indiferente: o se la acepta, o se la rechaza. Y en esa aceptación o rechazo se juega la unidad o la ruptura, incluso en la familia.
Seguir a Cristo implica decisión y valentía. No se puede servir a dos señores. El Evangelio no es neutro. Quien abraza la fe puede encontrarse solo, incomprendido, o en conflicto con quienes más ama. Pero el consuelo del cristiano está en saber que la cruz es el camino de la vida, y que el fuego que Cristo ha encendido arde también en su corazón. Allí donde el alma se entrega con sinceridad, el Espíritu actúa con poder, transformando el dolor en esperanza y la lucha en victoria. Cristo no nos promete una vida fácil, pero sí una vida verdadera. Él es la paz, aunque el mundo no la entienda.
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