August 30, 2025
1 Tesalonicenses 4, 9-11 Salmo 97, 1. 7-8. 9 Mateo 25, 14-30
Sábado de la XXI semana del Tiempo ordinario
Cantemos al Señor con alegría
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En este pasaje de Mateo 25, 14-30, conocido como la parábola de los talentos, Jesús nos presenta la imagen de un hombre que, antes de ausentarse, confía a sus siervos distintas cantidades de talentos —monedas de gran valor— para que las administren. A su regreso, pide cuentas: los que hicieron fructificar lo recibido son elogiados y recompensados; el que lo enterró, por miedo y pereza, es reprendido y privado de su talento.
Desde la doctrina católica, esta parábola nos enseña que todo don —sea natural, sobrenatural o material— nos ha sido confiado por Dios para que lo hagamos crecer, no para esconderlo. El Catecismo nos recuerda que la gracia no es pasiva: “La fe sin obras está muerta” (cf. St 2,26), y los carismas deben ponerse al servicio de los demás para edificación de la Iglesia (cf. 1 Co 12,7). El talento enterrado simboliza una vida cerrada a la gracia, donde el miedo paraliza y la falta de amor impide el fruto. Dios nos pedirá cuenta, no para condenarnos arbitrariamente, sino para coronar la fidelidad en lo pequeño con la participación en su alegría.
Santo Tomás de Aquino, en su Catena Aurea y otros comentarios, interpreta que los talentos representan “toda gracia dada por Dios, tanto para el bien propio como para el de los demás”. La diferencia de talentos dados a cada siervo no indica favoritismo divino, sino la justa distribución según la capacidad y disposición de cada uno. Para Tomás, el error del siervo negligente no es solo la inactividad, sino su concepto errado de Dios: lo ve como un amo duro y no como un Padre que confía y da oportunidades. Esto lo lleva a la acedia, al desprecio de la obra que debía realizar, y a justificar su pereza con excusas.
La enseñanza central es que la fidelidad en el uso de lo que hemos recibido nos introduce en la comunión con Dios, mientras que la negligencia nos priva incluso de lo que teníamos. En palabras de Santo Tomás, “el bien espiritual, si no se cultiva, se pierde”, porque la gracia, al no ejercitarse, se enfría y se extingue.
Así, la parábola nos invita a vivir con una santa diligencia: a reconocer que todo don proviene de Dios, que estamos llamados a multiplicarlo con amor y a esperar el encuentro final con Cristo, donde nos dirá, si hemos sido fieles: “Entra en el gozo de tu Señor”.
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