Septiembre 22, 2025
Esdras 1, 1-6 Salmo 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6 Lucas 8, 16-18
Lunes de la XXV semana del Tiempo ordinario
Grandes cosas has hecho por nosotros, Señor.
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El Señor, después de haber hablado de la semilla que cae en buena tierra, nos ofrece una imagen sencilla pero profunda: “Nadie enciende una lámpara para cubrirla con una vasija o ponerla debajo de la cama, sino que la pone en un candelero, para que los que entren vean la luz”. Con esto nos enseña que la fe recibida y la gracia iluminan no solo al alma del creyente, sino también a quienes lo rodean. La luz de Cristo no puede ser escondida: está destinada a iluminar.
Santo Tomás de Aquino, al comentar este pasaje (Catena Aurea in Lucam), señala que la lámpara encendida es la fe viva y la doctrina de Cristo que resplandece en el corazón. Quien ha recibido esta luz, está llamado a comunicarla. Encender la lámpara y esconderla sería como recibir la gracia y permanecer ocioso, sin obras que den testimonio. La fe, si es auténtica, no se reduce al interior, sino que se expresa en la vida, pues “la verdad no se debe callar”, dice Tomás.
El Señor añade: “Nada hay oculto que no llegue a manifestarse, ni secreto que no llegue a saberse”. En la tradición católica, esto se entiende en un doble sentido: primero, que la doctrina de Cristo, aunque perseguida o velada, terminará siendo proclamada hasta los confines del mundo; segundo, que la vida de cada uno será revelada en el juicio. Así, lo escondido en el corazón se hará patente ante Dios y los hombres. Santo Tomás recuerda que las obras de justicia brillan a la luz, mientras que las malas obras no pueden permanecer ocultas, pues tarde o temprano salen a la luz de la verdad.
Finalmente, Cristo exhorta: “Mirad, pues, cómo oís; porque al que tiene se le dará, y al que no tiene aun lo que cree tener se le quitará”. Aquí aparece el misterio de la gracia: el que recibe con docilidad la palabra de Dios y la pone en práctica, recibe más luz, porque la gracia se multiplica en el alma fiel. Pero el que escucha sin fe, o recibe sin perseverar, pierde incluso la chispa inicial. Como enseña Santo Tomás (I-II, q. 112 sobre la gracia), la cooperación del hombre con la gracia determina su crecimiento: Dios nunca niega su luz, pero el alma puede cerrarse a ella.
Este pasaje, por tanto, nos invita a tres actitudes cristianas fundamentales:
- Dar testimonio de la fe: no esconder la lámpara, sino dejar que la luz de Cristo resplandezca en las obras y palabras.
- Vivir en transparencia ante Dios: sabiendo que lo oculto será revelado, cultivar la pureza de intención y la sinceridad de vida.
- Escuchar con docilidad y perseverancia: abrir el corazón a la Palabra para que la gracia se acreciente y no se pierda por negligencia.
Así, la lámpara que Cristo enciende en nosotros no es solo para iluminar nuestra propia senda, sino para que seamos reflejo de su luz en medio del mundo.
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