Octubre 9, 2025
Malaquίas 3, 13-20 Salmo 1, 1-2. 3. 4 y 6 Lucas 11, 5-13
Jueves de la XXVII semana del Tiempo ordinario
Dichoso el hombre que confía en el Señor
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El pasaje de Lucas 11, 5-13 nos muestra a Jesús enseñando a sus discípulos sobre la confianza y la perseverancia en la oración. A través de la parábola del amigo importuno y de la comparación con los padres que dan a sus hijos lo que verdaderamente necesitan, Cristo revela el rostro bondadoso del Padre que nunca es indiferente al clamor de sus hijos.
La doctrina católica subraya aquí dos aspectos esenciales. En primer lugar, la perseverancia: la oración no debe ser un acto ocasional o superficial, sino un ejercicio constante de fe y confianza. “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá” no es una fórmula mágica, sino una invitación a confiar en que Dios siempre escucha, aunque sus respuestas no coincidan con nuestras expectativas. En segundo lugar, la bondad del Padre celestial: si los padres humanos, limitados e imperfectos, saben dar cosas buenas, cuánto más dará el Padre lo que realmente conviene a nuestra salvación, es decir, el Espíritu Santo, fuente de todo bien.
Santo Tomás de Aquino, en su Comentario al Evangelio de San Lucas y en la Suma Teológica, reflexiona sobre este pasaje señalando que la oración perseverante no busca cambiar la voluntad de Dios, sino disponernos a recibir lo que Él, en su sabiduría, ya ha determinado para nuestro bien. La insistencia en pedir, buscar y llamar es una pedagogía divina para ensanchar nuestro deseo y así capacitarnos a recibir dones más grandes. Según el Aquinate, la gracia es dada a quien la pide con humildad y constancia, porque Dios quiere asociar nuestra libertad a su providencia.
En este sentido, la parábola del amigo que insiste hasta ser escuchado nos enseña que la oración debe ser confiada y perseverante. La aparente demora de Dios no significa rechazo, sino un tiempo de purificación de nuestros deseos. Así, la oración se convierte en un camino de transformación interior, donde aprendemos a desear lo que Dios desea para nosotros.
En conclusión, este pasaje nos invita a entrar en la escuela de la oración cristiana: perseverante, confiada y orientada hacia lo esencial. Pedir, buscar y llamar no es sólo un ejercicio de insistencia, sino un acto de fe en un Padre que da siempre lo mejor, y lo mejor que puede darnos es su Espíritu, que habita en nosotros y nos conduce a la plenitud de la vida divina.
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