Cristo como la Significación Definitiva en la Fe

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Octubre 13, 2025

Romanos 1, 1-7 Salmo 96, 1-2. 5-6. 11-12 Lucas 11, 29-32

Lunes de la XXVIII semana del Tiempo ordinario

Cantemos al Señor un canto nuevo

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El pasaje presenta a Jesús reprochando a la multitud que pide una señal extraordinaria para creer. El Señor declara que no se les dará otra señal que la de Jonás: así como Jonás estuvo en el vientre del gran pez y fue enviado a predicar a Nínive, así el Hijo del Hombre pasará por la muerte y resucitará para anunciar la conversión y la salvación. Jesús añade que la reina del Sur y los ninivitas se levantarán en el juicio para condenar a esta generación incrédula, porque ellos sí acogieron la sabiduría y la predicación de los profetas, mientras que aquí hay alguien mayor que Salomón y Jonás.

Este texto enseña que el signo definitivo que Dios ofrece a la humanidad no son milagros espectaculares ni pruebas materiales, sino el misterio pascual de Cristo: su muerte y resurrección. La fe no se funda en curiosidades o prodigios, sino en la aceptación humilde del Evangelio. La señal de Jonás es, por tanto, una profecía de la cruz y la tumba, que se transforman en victoria y vida nueva.

Santo Tomás de Aquino señala que la incredulidad nace a menudo de un corazón que busca lo sensible y lo inmediato, sin abrirse a lo invisible. En su Comentario al Credo, explica que la fe se apoya en la autoridad divina que revela, no en las evidencias que el hombre exige. La multitud pide un signo, pero ya tiene delante al mismo Verbo encarnado, que es la plenitud de la revelación. Por eso, negar a Cristo mientras se busca una señal es rechazar el mayor de los dones de Dios.

Santo Tomás también enseña que la predicación de los profetas, aunque era imperfecta y figurativa, movió a la conversión a pueblos enteros, como los ninivitas. Cuánto más debería movernos la voz del mismo Hijo de Dios, que es la Sabiduría eterna. Aquí se cumple el principio escolástico de que “la gracia no suprime la naturaleza, sino que la perfecciona”: Cristo no solo predica como Jonás, sino que realiza lo que Jonás anunciaba de manera velada.

Doctrinalmente, el pasaje ilumina dos verdades centrales: la primera, que Cristo es el signo supremo y definitivo de Dios para la humanidad; la segunda, que la responsabilidad de acoger la fe es mayor cuando mayor es la luz recibida. La reina del Sur y los ninivitas, figuras extranjeras, se convierten en testigos de que el corazón sencillo y dócil reconoce la verdad con más facilidad que aquel que, teniendo más gracias, permanece endurecido.

La enseñanza espiritual es clara: no debemos exigir a Dios pruebas según nuestros criterios, sino abrirnos con fe al signo que Él ya nos dio en Cristo crucificado y resucitado. La ingratitud y la ceguera espiritual de quienes piden más signos es denunciada por Jesús como generación mala; en cambio, el alma que acoge el misterio pascual, aun sin ver con los ojos, participa ya de la salvación.

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