“El necio que quiso guardar su alma en un granero”

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Octubre 20, 2025

Romanos 4, 19-25 Lucas 1, 69-70. 71-71. 73-75 Lucas 12, 13-21

Lunes de la XXIX semana del Tiempo ordinario

Bendito sea el Señor, Dios de Israel

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“Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico a los ojos de Dios.”

Este pasaje evangélico nos sitúa ante la parábola del rico insensato, a quien la abundancia de sus cosechas lo lleva a una confianza desmedida en los bienes materiales. Al verse colmado, decide construir graneros más grandes para almacenar sus riquezas, diciéndose a sí mismo: “Descansa, come, bebe y date buena vida.” Pero Dios le responde: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán tu alma.” Con estas palabras, Cristo desvela el error profundo de aquel que busca la seguridad en lo perecedero y olvida la eternidad.

Este Evangelio nos recuerda que los bienes materiales, aunque no sean malos en sí mismos, se convierten en ocasión de perdición cuando ocupan el lugar de Dios en el corazón. La riqueza no es condenada, pero sí el apego desordenado a ella, porque impide la verdadera libertad interior y ahoga la caridad. La vida del hombre, dice Jesús, “no depende de la abundancia de sus bienes”, sino de su comunión con Dios y de la práctica del amor al prójimo.

Santo Tomás de Aquino, en su Suma Teológica (II-II, q. 118), enseña que la avaricia es un pecado contra la razón, porque el hombre, al buscar en los bienes temporales un fin último, trastoca el orden natural de su alma. Para Tomás, la sabiduría consiste en ordenar todos los bienes al fin supremo, que es Dios. El rico de la parábola no peca tanto por tener riquezas, sino porque las considera su salvación, olvidando que su alma tiene un destino eterno.

Además, el Aquinate nos recuerda que el verdadero tesoro del hombre se mide por aquello que ama: si ama lo terreno, su corazón queda prisionero de la tierra; si ama lo eterno, su corazón se eleva hacia el cielo. Por eso, quien busca ser “rico para con Dios” es aquel que convierte sus bienes en instrumentos de caridad, compartiendo con los necesitados y reconociendo que todo lo que posee es don divino.

La enseñanza de Jesús nos invita, pues, a examinar dónde ponemos nuestra seguridad. En un mundo dominado por la ilusión del consumo y la autosuficiencia, la voz del Evangelio resuena con fuerza: “No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín los corroen, sino en el cielo.” El hombre verdaderamente sabio no busca graneros para almacenar, sino corazones para amar.

Ser rico ante Dios significa vivir con los ojos puestos en la eternidad, confiando en su providencia y usando los bienes de este mundo como medios, no como fines. Así, la pobreza evangélica no es miseria, sino libertad interior; y la verdadera riqueza consiste en poseer a Dios, único bien que no perece.

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