Mother Sun: la Madre del Sol
(Relato mítico de la tradición Yuchi)
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En los días primeros, cuando la tierra todavía no tenía caminos y el aire era un solo canto de aves, los hombres Yuchi vivían bajo una luz suave, sin noche ni sombra. Aquella luz no provenía de un fuego ni de estrella alguna, sino del rostro de la Madre Sol, que miraba a sus hijos desde lo alto del cielo.
Ella había dado forma a la tierra con el calor de sus manos y enseñado a los ríos a fluir. Donde su mirada tocaba, brotaba la vida; donde se alejaba, el frío y la oscuridad reinaban.
Durante mucho tiempo, los hombres recordaron su voz, que bajaba con la brisa:
—“Cuidaréis la tierra como a una hija, porque yo os alumbro, pero ella os alimenta.”
Pero el corazón humano, a veces, se vuelve sordo a lo sagrado. Pasaron generaciones y los hombres comenzaron a olvidar. Ya no agradecían el amanecer ni cuidaban las aguas claras. Las hogueras ardían sin oración, y la Madre Sol, herida, se cubrió con un velo de niebla.
El mundo se enfrió. Los días se acortaron. Los hombres supieron entonces lo que era la noche.
Los ancianos, temerosos, subieron a las colinas para pedir perdón. Encendieron fuego con ramas secas y cantaron antiguas palabras:
“Tú que das vida, regresa;
no nos dejes morir en la sombra.”
La Madre Sol escuchó su canto, pero no quiso mostrarse todavía. En su lugar, envió un rayo que cayó sobre el altar de los hombres. De ese fuego nació un espíritu brillante, mitad mujer y mitad llama.
—“Soy la hija de la Madre Sol —dijo el espíritu—. No volverá a mirar a la tierra, pero vivirá en cada fuego que encendáis. Cuando elevéis humo con respeto y purifiquéis vuestras manos, Ella os verá a través de mí.”
Así nació el rito del fuego sagrado Yuchi, que aún se guarda en silencio en los montes del sur: cada amanecer, los hombres encienden la llama mirando al este y ofrecen maíz, agua y canto, porque creen que en ese momento la Madre Sol abre los ojos y los bendice.
Y los viejos dicen que, cuando el fuego baila sin viento, la Madre misma está allí, observando, orgullosa, a los hijos que aprendieron otra vez a agradecer.
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