La madre del sol (Cfuchi)
(Relato mítico inspirado en las tradiciones Ainu del norte del Japón)
#leyendas
Cuando el mundo era aún joven y las montañas no conocían la nieve, el cielo estaba cubierto por una manta gris. Los hombres vivían en la penumbra y los ríos eran fríos como el silencio. Nadie recordaba ya la luz del amanecer.
En aquellos tiempos, los dioses habitaban entre las nubes, y la más sabia de ellos era Cfuchi, la madre del fuego. Se decía que su voz era como el crepitar de las brasas, y que su corazón era tan ardiente que ni el hielo más antiguo podía tocarlo.
Cfuchi miraba a los hombres desde lo alto y se entristecía. Veía sus manos temblando en la oscuridad, sus rostros cansados al intentar alumbrarse con chispas débiles. Entonces subió al monte más alto, aquel que dormía en el centro del mundo, y habló con el Espíritu del Cielo.
—El hombre fue creado para contemplar la belleza, no para vagar en sombras —dijo Cfuchi—. Si me lo permites, entregaré parte de mi fuego para iluminar sus días.
El Espíritu del Cielo dudó.
—Si les das tu fuego, tú misma te consumirás.
—El fuego que no se comparte se apaga —respondió ella.
Y así, Cfuchi arrancó de su pecho una llama pura y la lanzó hacia el horizonte. Al tocar el firmamento, aquella llama se transformó en el Sol, el gran ojo de luz que despertó la vida. Los hombres se cubrieron el rostro, deslumbrados por un resplandor que jamás habían visto, y supieron que una nueva era comenzaba.
Pero Cfuchi no desapareció. Su cuerpo descendió al interior de la tierra, donde encendió un fuego más pequeño para permanecer cerca de los hombres. Desde entonces, cada hogar tiene su kamuy, su espíritu del fuego, que los ainu llaman Apehuc, la forma terrenal de Cfuchi.
Cada vez que una familia enciende su fogón, debe saludarla:
“Oh madre del Sol, guardiana del calor,
que tu llama no muera en mi casa,
que tu luz purifique mis palabras.”
Dicen que cuando el humo sube recto y sin dispersarse, Cfuchi escucha y sonríe.
Y cuando el fuego baila sin viento, es que la madre del Sol camina cerca, recordando a los hombres que la luz del cielo y el fuego del hogar son una misma vida.
Así, la humanidad aprendió que la gratitud es la llama que nunca debe extinguirse.
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