El incesto del Sol y la Luna

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El incesto del Sol y la Luna

(Relato mítico basado en la tradición cherokee del origen de los eclipses)

#leyendas

En los primeros tiempos, el cielo y la tierra eran uno solo, y las estrellas no habían nacido todavía. El Sol y la Luna vivían juntos, compartiendo la misma casa de luz. Eran madre e hijo, aunque ninguno de los dos lo sabía.

El Sol, una mujer poderosa y brillante, recorría el firmamento con orgullo. Su calor hacía germinar las semillas y su fuego mantenía a los espíritus del invierno a raya. La Luna, su hijo, era joven, curioso y de corazón inquieto. Seguía a su madre desde lejos, fascinado por su resplandor.

Con el paso del tiempo, la Luna sintió un amor que no entendía. Cada noche subía un poco más alto, intentando alcanzarla. El Sol, creyendo que aquel joven luminoso era un extraño, comenzó a mirarlo con desconfianza. Pero cuando por fin se encontraron en el centro del cielo, la verdad se reveló:
eran madre e hijo, y el amor que los unía se había convertido en vergüenza.

El Gran Espíritu, viendo su error, separó sus caminos. Ordenó que jamás volvieran a encontrarse frente a frente. El Sol debía recorrer el día; la Luna, la noche. Sin embargo, la Luna no pudo olvidar. A veces, movido por su deseo, se adelanta en su camino y trata de abrazar a su madre.
Cuando eso sucede, su cuerpo cubre su luz, y el mundo entero se oscurece.

Los ancianos cherokee dicen que esos momentos son los eclipses, los instantes en que la Luna y el Sol se cruzan en silencio. Pero el pueblo no teme esa oscuridad: sabe que es sólo el recuerdo de un amor prohibido, una sombra que pasa.

En esos minutos, los Cherokee tocan tambores y cantan para recordarle a la Luna su lugar y para consolar al Sol. Las mujeres elevan las manos al cielo y dicen:

“Regresa a tu camino, hijo del fuego.
Que la vergüenza no apague tu luz,
ni el amor te haga olvidar quién eres.”

Así, el orden del mundo se mantiene. El Sol sigue alumbrando el día, la Luna vela la noche, y cuando la oscuridad los une por un breve instante, el cielo entero recuerda la fragilidad del deseo y la fuerza del perdón.

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