La vigilia del hermano ciego

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La vigilia del hermano ciego

#leyendas #monjes

El hermano Ernesto había sido uno de los más ágiles y serviciales del monasterio. Tenía buena vista para leer, manos firmes para trabajar la madera y un corazón generoso para ayudar a los peregrinos. Pero un invierno terrible, una fiebre alta lo dejó postrado. Cuando la enfermedad cedió, descubrió con horror que su vista se había ido apagando hasta quedar en sombras.

Los primeros días fueron de amarga rebeldía. Sentado en el banco del claustro, escuchaba los pasos de los otros monjes y sentía un nudo en la garganta. —¿De qué sirvo ahora? —murmuraba—. Todos avanzan, yo me quedo atrás. Algunos hermanos, con buena intención, pero poco tacto, le decían: —Ofrece tu ceguera al Señor, hermano. Él sabrá qué hacer. Las palabras le sonaban huecas.

Una noche, mientras los demás se preparaban para la vigilia, Ernesto pidió hablar con el abad. —Padre, déjeme hacer la guardia nocturna en la torre. El anciano lo miró, sorprendido. —Hijo, ya no ves el camino. ¿Cómo vigilarás? —Con lo que Dios dejó despierto —respondió Ernesto—. Mis ojos se apagaron, pero mi oído no. Y mi corazón tampoco.

El abad guardó silencio unos instantes. Después asintió. —Ve, entonces. Pero no solo para vigilar los muros, sino también tu interior.

Aquella noche, Ernesto subió lentamente los peldaños de la torre, guiado por un joven monje. Cuando quedó solo, el silencio se hizo profundo. Pero, al poco tiempo, comenzó a percibir sonidos que antes pasaban inadvertidos: el murmullo del bosque, el crujido de la madera, el zumbido lejano del río, incluso la respiración del propio monasterio.

Cerca de la medianoche, escuchó algo diferente: pasos inciertos, arrastrados, que se acercaban a la puerta principal. Golpeó con el bordón en el suelo, señal convenida con el portero. El hermano acudió y encontró a un peregrino exhausto, que apenas podía sostenerse en pie. —Menos mal que me oyeron —dijo el hombre—. Pensé que moriría en el camino. —No te oí yo —respondió el portero—. Fue el hermano Ernesto, en la torre.

Al día siguiente, algunos monjes comentaban: —Parece que el hermano ciego tiene mejor oído que todos nosotros. El abad sonrió. —No sólo mejor oído —dijo—. También mejor corazón.

Con el tiempo, las vigilias de Ernesto se hicieron legendarias. Los hermanos decían que nada se escapaba a su sensibilidad: ni los pasos de un peregrino, ni el llanto contenido de un novicio desesperado que quería huir, ni el susurro del viento cuando traía alguna tormenta.

Ernesto comprendió, por fin, que la ceguera no había sido un castigo, sino una nueva forma de visión. Dios le había cerrado los ojos para abrirle los oídos del alma. Y en la oscuridad de la torre descubrió una luz que no se apagaba.

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