La vergüenza del Sol (Tunica)
(Relato mítico basado en la tradición del pueblo Tunica, del valle del Misisipi)
En los días antiguos, cuando el cielo y la tierra todavía conversaban cada mañana, el Sol era joven y orgulloso. Su luz era tan intensa que todo lo veía, incluso aquello que debía permanecer oculto. Los hombres del pueblo Tunica le temían, pues su mirada quemaba los campos y secaba los ríos.
El Sol no tenía madre ni padre; era hijo del fuego y del trueno, y creía que nada estaba por encima de él. A veces se reía del llanto de los hombres, y otras descendía sobre los bosques sólo para mirar cómo los animales huían despavoridos.
Entonces los espíritus del mundo subterráneo, cansados de su soberbia, enviaron a una mujer sabia. Era vieja y ciega, pero sus pasos dejaban flores en la tierra. Subió al monte donde el Sol dormía cada noche, y cuando llegó a su lecho de fuego, habló sin miedo:
—Tú ves todo, pero no ves tu propio corazón. Crees dar vida, pero también destruyes lo que tocas.
El Sol, ofendido, soltó una carcajada que incendió las nubes.
—Yo soy la luz, anciana. Sin mí, todo muere.
—Y con demasiado de ti —respondió ella—, también todo muere.
La vieja alzó su bastón y lo golpeó tres veces contra el suelo. De la montaña brotó un humo espeso, un manto de sombra que cubrió el cielo. Por primera vez, el Sol se sintió solo y desnudo. Su fuego ya no brillaba, y la oscuridad lo envolvió en vergüenza.
Durante tres días se escondió detrás del horizonte, temiendo que los hombres lo recordaran con odio. Pero los Tunica, en lugar de celebrar su ausencia, comenzaron a rezar. En sus oraciones pedían que el Sol regresara, no por su fuerza, sino por su bondad.
Al cuarto día, el Sol volvió, más tenue, más cálido. Había aprendido que la luz también puede herir si olvida la compasión. Desde entonces, cada amanecer es un acto de humildad: el Sol se levanta lentamente, como quien pide permiso a la tierra.
Los Tunica recuerdan esta historia en su rito del “fuego del perdón”. Antes del primer canto del día, encienden una pequeña llama y la cubren con ceniza. Sólo cuando el Sol aparece, soplan suavemente para que reviva. Es su forma de decirle:
“Brilla, pero recuerda; ilumina, pero no quemes.”
Y así, en la memoria del pueblo Tunica, el Sol ya no es el amo del mundo, sino su servidor: el que alumbra con vergüenza, porque aprendió de la oscuridad el valor de la medida.
- La madre del sol (Cfuchi)

- Relato Sombrío: La Verdad de Mason City

- La vigilia del hermano ciego

- El reloj de arena del desierto

- El códice que nunca se terminaba

- En las sendas del trampero de pieles

abril Adviento Agosto Alquimia Arte Aviones Católica ciencia Corazon de Jesús cuaresma dailyprompt Diciembre Ecuador educación enero Enigmas fantasmas febrero Gatos Historia Illinois izack4x4 Julio junio lecturadeldia leyendas Marzo mayo Meditación misterio mitos Navidad noviembre octubre Opinion ordinario Pascua Personajes pintura Religion SaintCharles Salmos Salud Santoral Santos Segunda Guerra Septiembre Teología USA Virgen María
