El costo sagrado del amor verdadero: el discipulado que lo entrega todo

Noviembre 5, 2025

Romanos 13, 8-10 Salmo 111, 1-2. 4-5. 9 Lucas 14, 25-33

Miércoles de la XXXI semana del Tiempo ordinario

Dichosos los que temen al Señor

#lecturadeldia #izack4x4 #ordinario #noviembre

Este pasaje evangélico, donde Cristo habla de la necesidad de “odiar” padre, madre, esposa, hijos, hermanos y hasta la propia vida para ser su discípulo, no constituye una invitación al desprecio afectivo, sino a un orden perfecto del amor. Según la doctrina católica, y como enseña Santo Tomás de Aquino, Dios debe ser amado sobre todas las cosas, y todo amor humano debe subordinarse a Él. No se trata de rechazar a la familia, sino de purificar el corazón para que los afectos no sean obstáculos al seguimiento de Cristo, sino caminos hacia Él.

Santo Tomás, en la Summa Theologiae (II-II, q.26), explica que el amor a Dios es causa y medida del amor al prójimo y a uno mismo. Amar correctamente a la familia es amarla en Dios, no por interés terrenal, sino por la salvación eterna. Por eso Cristo usa un lenguaje radical: para mostrar que el discipulado no puede estar condicionado por vínculos humanos o por la comodidad de la vida. El que coloca a una criatura por encima del Creador, aunque sea con el pretexto del afecto legítimo, pierde el verdadero sentido del amor.

La llamada de Jesús a cargar la cruz no es un símbolo poético, sino una realidad existencial: seguirle implica renunciar a la autosuficiencia, aceptar el sacrificio y abrazar el camino de la santidad. Santo Tomás afirma que la cruz significa mortificación del deseo desordenado, y unión con Cristo en su Pasión, causa de nuestra redención. No hay discipulado sin transformación interior, y no hay transformación sin renuncia.

Cuando Jesús invita a calcular el costo de construir una torre o a considerar la fuerza de un ejército antes de ir a la guerra, nos enseña la virtud de la prudencia. Según Santo Tomás, la prudencia es la recta razón aplicada a la acción, que permite discernir qué conduce verdaderamente al fin último: la unión con Dios. Así, Cristo no busca seguidores superficiales, sino almas decididas, que comprendan que el camino de la salvación requiere entrega total. No es una invitación al entusiasmo pasajero, sino a una elección madura, consciente y deliberada.

Finalmente, cuando el Señor dice: “Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser mi discípulo,” revela que la verdadera libertad no consiste en poseer, sino en desasirse. Santo Tomás enseña que los bienes temporales son medios, no fines. Solo cuando el corazón se vacía de lo que es perecedero puede llenarse de lo eterno. Esta renuncia es interior: incluso quien posee bienes debe estar espiritualmente desprendido, dispuesto a perderlo todo por Cristo.

Este pasaje nos coloca ante una decisión fundamental: o Cristo es el centro absoluto de la existencia, o todo lo demás se convierte en ídolo. El discipulado auténtico no se contenta con seguir a Jesús cuando es fácil, sino también cuando exige cruz, renuncia y entrega. La Iglesia nos recuerda que el seguimiento de Cristo no empobrece los afectos humanos ni destruye la vida, sino que los eleva y los transfigura, convirtiendo al discípulo en instrumento del amor de Dios en el mundo.

abril Adviento Agosto Alquimia Arte Aviones Católica ciencia Corazon de Jesús cuaresma dailyprompt Diciembre Ecuador educación enero Enigmas fantasmas febrero Gatos Historia Illinois izack4x4 Julio junio lecturadeldia leyendas Marzo mayo Meditación misterio mitos Navidad noviembre octubre Opinion ordinario Pascua Personajes pintura Religion SaintCharles Salmos Salud Santoral Santos Segunda Guerra Septiembre Teología USA Virgen María

Deja un comentario