La higuera y la palabra que no pasa

Noviembre 28, 2025

Daniel 7, 2-14 Daniel 3, 75. 76. 77.78. 79. 80. 81 Lucas 21, 29-33

Viernes de la XXXIV semana del Tiempo ordinario

Bendito seas para siempre, Señor

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La higuera y la palabra que no pasa

Jesús, en su enseñanza final, recurre a una imagen sencilla y profunda: la higuera y los demás árboles que, al brotar, anuncian que el verano está cerca. Así también —dice—, cuando el creyente vea cumplirse los signos que ha anunciado, sabrá que el Reino de Dios está próximo. No se trata de una lección de botánica ni de un enigma apocalíptico, sino de una invitación a leer los tiempos con ojos de fe. El Señor enseña que la historia, como la naturaleza, está llena de señales que apuntan hacia la plenitud de Dios.

Santo Tomás de Aquino explica que los signos visibles sirven para despertar la inteligencia espiritual del hombre. Dios habla tanto a través de la Palabra revelada como de los acontecimientos que nos rodean. El alma vigilante reconoce en las transformaciones del mundo la voz del Creador que llama a la conversión. Quien vive en gracia percibe en los signos del tiempo no el anuncio del desastre, sino la certeza de la esperanza.

Jesús afirma: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.” En esa frase resplandece el corazón de la fe cristiana. Todo lo material, incluso lo que parece más sólido, es efímero; solo la Palabra de Dios permanece. Santo Tomás enseña que la Palabra eterna es Cristo mismo, Verbo del Padre, fundamento de todo lo que existe. Por eso, mientras el universo envejece, la verdad de Cristo permanece joven. La historia humana se desgasta, pero el Evangelio conserva la frescura del principio, porque proviene del Amor eterno.

Esta enseñanza nos recuerda que la seguridad no se halla en lo visible, sino en lo invisible. Las construcciones, los imperios y las modas cambian; pero quien se apoya en la palabra de Cristo nunca cae. La higuera que florece es imagen del alma que vive de la fe. Así como el brote anuncia el calor que viene, el creyente que acoge la Palabra anuncia la cercanía del Reino. La fe no es espera pasiva, sino crecimiento interior que prepara la cosecha.

La doctrina católica ve en este pasaje un llamado a la esperanza activa. No basta con mirar los signos; hay que responder con conversión y confianza. La fidelidad a la palabra de Cristo es el único refugio seguro en medio de la inestabilidad del mundo. Santo Tomás diría que perseverar en la verdad revelada es la forma más alta de sabiduría, porque quien ama la verdad participa ya, de algún modo, de la eternidad.

Así, Jesús concluye su enseñanza con una promesa y una advertencia: el mundo pasará, pero su palabra no. Todo lo que nace morirá, todo lo que brilla se apagará, pero el Verbo que habló en Galilea sigue hablando en el corazón de los que creen. Quien escucha su voz no teme al cambio, porque ha encontrado lo que no cambia: el amor de Dios, firme y eterno como su Palabra.

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