La muerte de los Pascagoula
Leyenda del sudeste: el pueblo que caminó hacia el agua
Dicen los viejos que, hace muchas generaciones, existió un pueblo pacífico a orillas del gran río del sur. Eran los Pascagoula, “los que golpean con el báculo”, un clan tranquilo, amante de la música y la oración.
Su vida transcurría entre la pesca, los cantos y el roce suave de los juncos al viento.
En una aldea cercana vivían sus enemigos ancestrales, los Biloxi, pueblo orgulloso y dado a la guerra. Pero durante años, una frágil paz se sostuvo entre ambos… hasta que el corazón humano decidió romperla.
Una joven Pascagoula, bella como la luna recién nacida, se enamoró del hijo de un jefe Biloxi.
Su amor era puro, pero imposible.
Cuando la noticia llegó a la aldea, la ira se extendió como fuego entre las chozas. Las voces se alzaron:
—¡Traición!
—¡Deshonra!
—¡Los Biloxi no pueden tomar lo que el río protege!
Los Biloxi, al oír el rumor, se enfurecieron a su vez. El odio antiguo despertó.
La guerra era inevitable.
El viejo jefe Pascagoula reunió a su gente al amanecer.
Sabía que no podrían resistir la furia Biloxi.
Sabía que su pueblo sería destruido.
Miró el río. Miró a su gente.
Y dijo con voz profunda:
—Los dioses del agua nos dieron vida.
Si hemos de morir, que sea regresando a ellos.
La aldea guardó silencio.
Nadie gritó. Nadie lloró.
Se tomaron de las manos, uno a uno, como si fueran fibras del mismo tejido.
La luna subió sobre los juncos y el río reflejó una luz extraña, casi plateada.
Entonces el jefe Pascagoula avanzó hacia el agua…
y su pueblo lo siguió.
No corrieron.
No dudaron.
Caminaban como en un rito antiguo, cantando una melodía suave que nunca más pudo ser repetida por boca humana.
Cuando el agua les llegó al pecho, siguieron avanzando.
Cuando cubrió sus rostros, sus voces se volvieron murmullo.
Y cuando el último desapareció bajo la superficie, el río comenzó a cantar.
Desde aquella noche, el río Pascagoula produce un sonido misterioso, un murmullo que sube desde lo profundo:
como un canto dulce, como un lamento, como un rezo ahogado.
Los ancianos dicen:
“No es el río…
Son ellos.
Cantan todavía, tomados de la mano,
caminando hacia la luz que duerme bajo el agua.”
Y cuando alguien se detiene a escuchar en la orilla, sobre todo al anochecer, jura oír entre las ondas una melodía suave…
la última canción del pueblo que prefirió ser agua antes que derramar sangre.
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