La vergüenza del Sol (Biloxi)
(Relato mítico basado en la tradición del pueblo Biloxi, de las riberas del Mississippi y el Golfo del Sur)
En los tiempos antiguos, cuando los hombres aún hablaban con los animales y el cielo escuchaba las plegarias, el Sol era un espíritu joven, impulsivo y orgulloso. Lo llamaban Uki, “el que todo ve”, porque sus ojos de fuego jamás se cerraban. Desde lo alto vigilaba la tierra, observando los secretos de los hombres y los sueños de las mujeres.
Durante un tiempo, los pueblos Biloxi le rendían homenaje con danzas y cantos al amanecer. Pero un día, Uki se dejó dominar por la curiosidad y la vanidad: deseó ser adorado no por su luz, sino por su poder. Quiso que todos lo miraran siempre, incluso cuando dormían.
Así, al caer la tarde, se negaba a ocultarse. Su brillo quemaba los campos, los animales se perdían sin sombra donde descansar, y los ríos se secaban bajo su mirada. Los hombres le pidieron que bajara su fuego, pero el Sol expreso con una sonrisa:
—¿Por qué habría de esconder mi rostro, si todo lo que vive depende de mí?
Los dioses de la noche se entristecieron y enviaron a Wata, la tejedora del crepúsculo. Ella subió por las escaleras del viento llevando un manto hecho con hilos de niebla y agua. Cuando llegó ante Uki, cubrió su rostro con aquel velo.
—Tu luz es vida —le dijo—, pero sin humildad se convierte en castigo.
El Sol intentó romper el velo, pero cada vez que lo tocaba, la oscuridad le devolvía el eco de sus propias risas arrogantes. Entonces comprendió que su brillo no podía vencer a la vergüenza. Bajó su cabeza, y por primera vez en la historia del mundo, se ocultó.
Los hombres miraron hacia el cielo y vieron cómo el día moría entre colores suaves, rojos y violetas. Era el rostro del Sol enrojecido por el pudor. Y así nació el crepúsculo: el tiempo en que Uki recuerda su falta y desciende con humildad para no cegar a sus hijos.
Desde entonces, el pueblo Biloxi enciende pequeñas hogueras al atardecer y dice:
“Sol, baja en calma, que tu fuego repose y tu rostro descanse.”
Y cuando el horizonte se tiñe de rojo, los ancianos explican a los niños:
“Es la vergüenza del Sol, que se ruboriza al pedir perdón por su orgullo.”
Así, cada día termina no con una muerte, sino con una confesión: el cielo se cubre de colores porque el Sol, aún poderoso, recuerda que hasta la luz debe aprender a inclinarse ante la vida.
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