Fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán

Noviembre 9, 2025

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12 Salmo 45, 2-3. 5-6. 8-9 1 Corintios 3, 9-11. 16-17 Juan 2, 13-22

Fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán

Un río alegra a la ciudad de Dios

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“Destruid este templo y en tres días lo levantaré”

El pasaje de Juan 2, 13–22 nos sitúa en la célebre escena de la purificación del Templo, donde Jesús expulsa a los mercaderes, derriba las mesas de los cambistas y proclama: “No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. Este acto, lleno de fuerza profética, no sólo denuncia la corrupción del culto, sino que revela una verdad teológica más profunda: Cristo mismo es el nuevo Templo, donde habita la plenitud de Dios.

El evangelista ubica el acontecimiento en la Pascua judía, tiempo de peregrinación y sacrificio. El Templo era el corazón del culto de Israel, símbolo de la presencia divina. Sin embargo, en tiempos de Jesús se había convertido en un centro de comercio religioso, donde los intereses humanos habían reemplazado el espíritu de adoración.

Al purificar el Templo, Jesús manifiesta su autoridad mesiánica. No actúa como un simple reformador del culto, sino como el Señor del Templo, que tiene poder sobre la casa de Dios. Su celo ardiente —“El celo por tu casa me devora” (Sal 69,10)— expresa la pureza de su amor filial hacia el Padre y anticipa su entrega total en la cruz.

Cuando Jesús declara: “Destruid este templo y en tres días lo levantaré”, los oyentes piensan en el edificio material, pero el evangelista aclara: “Él hablaba del templo de su cuerpo”. Con esta palabra, Jesús revela que su Cuerpo será el nuevo lugar de la presencia divina y del sacrificio redentor.

La Resurrección es la “reconstrucción” de ese templo: en tres días, Dios lo levanta glorioso. A partir de entonces, la presencia de Dios ya no se localiza en un edificio, sino en la persona de Cristo resucitado y, por participación, en su Cuerpo Místico: la Iglesia.

Así, como enseña la Iglesia, el Templo verdadero es Cristo mismo, y todo bautizado, unido a Él, se convierte en piedra viva de ese santuario espiritual (cf. 1 Pe 2,5).

Santo Tomás, en su Comentario al Evangelio de San Juan (cap. 2, lección 3), observa que Jesús, al purificar el Templo, significa el paso del culto antiguo al culto espiritual inaugurado por el Evangelio. Dice el Aquinate que los animales y las monedas representan los afectos terrenos y las ocupaciones desordenadas que contaminan el alma; Cristo las expulsa para que el corazón del hombre sea digno de la inhabitación divina.

Comenta también que el cuerpo de Cristo, destruido y resucitado, es figura del misterio pascual, en el cual el alma del creyente participa por la fe y los sacramentos. El Templo material, obra humana, es sustituido por el Templo espiritual, edificado por la gracia. Así, quien se une a Cristo participa del mismo poder de vida que lo resucitó.

Para Santo Tomás, la ira de Cristo en este pasaje no es una pasión desordenada, sino una manifestación de justicia y amor: el amor por la pureza del culto a Dios. Es, por tanto, un ejemplo de la virtud de la justicia religiosa, que da a Dios lo que le pertenece.

El pasaje interpela al creyente a examinar su propio corazón. San Pablo recuerda: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros?” (1 Co 3,16). Por tanto, el gesto de Jesús es también una purificación interior: expulsa del alma todo lo que impide el encuentro con Dios —el orgullo, la codicia, la rutina en la fe—.

Cristo desea hacer de cada corazón un templo puro donde resuene la alabanza del Padre. Y como enseña Santo Tomás, esta purificación sólo es posible si dejamos que la gracia divina ordene nuestros afectos y santifique nuestras acciones.

El evangelio de Juan 2, 13–22 no es solo una denuncia contra la corrupción del culto, sino una proclamación del misterio pascual: el nuevo Templo será el Cuerpo glorioso de Cristo. Desde entonces, el culto verdadero se realiza “en espíritu y en verdad” (Jn 4,24).

Santo Tomás resume esta verdad diciendo: “La casa de Dios no es hecha por manos de hombres, sino edificada por el Espíritu Santo en los corazones de los fieles”.

Así, cada vez que Cristo purifica el templo del alma, anticipa ya su resurrección en nosotros, levantando en tres días —por la fe, la esperanza y la caridad— el santuario donde habita eternamente su gloria.

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