Noviembre 10, 2025
Sabidurίa 1, 1-7 Salmo 138, 1-3. 4-6. 7-8. 9-10 Lucas 17, 1-6
Memoria de San Leon Magno, Papa y doctor de la Iglesia
Condúceme, Señor, por tu camino
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“Si tu hermano peca, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo”
El pasaje de Lucas 17, 1–6 recoge una enseñanza central de Cristo sobre la caridad fraterna, el perdón y la fe confiada. Es un texto breve, pero densísimo en contenido espiritual, donde Jesús advierte contra el escándalo, exhorta al perdón ilimitado y revela el poder de la fe, incluso del tamaño de un grano de mostaza.
Jesús inicia diciendo: “Es inevitable que haya escándalos, pero ¡ay del que los causa!” (Lc 17,1). Con esto, el Señor reconoce que en el mundo siempre habrá ocasiones de pecado, pero condena gravemente a quien se convierte en instrumento del mal, sobre todo si daña la fe de los pequeños o débiles.
Según Santo Tomás de Aquino (Catena Aurea, ad locum), el escándalo consiste en “una palabra o acto que induce al otro al pecado”, y es más grave cuanto más afecta a los inocentes o a los sencillos. Por eso, Cristo usa una imagen durísima: “Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar”. Es decir, es preferible perder la vida corporal antes que ser causa de la perdición espiritual de otro.
En la doctrina católica, esta advertencia subraya la responsabilidad del cristiano en su testimonio: nuestras acciones no son neutras; o edifican o destruyen. El discípulo de Cristo debe evitar ser tropiezo para otros, viviendo con pureza de intención, prudencia y coherencia evangélica.
El Señor continúa: “Si tu hermano peca, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca contra ti siete veces en un día y siete veces vuelve a decirte: ‘Me arrepiento’, lo perdonarás” (Lc 17,3-4).
Aquí Cristo establece el equilibrio entre la corrección y la misericordia. La corrección fraterna no es un acto de dureza, sino de amor verdadero: busca la conversión del hermano. Santo Tomás, en la Suma Teológica (II-II, q.33, a.1), enseña que la corrección fraterna es un acto de caridad espiritual, porque pretende apartar al otro del mal.
El perdón, por su parte, no tiene límites. El número “siete” en la Biblia expresa plenitud; por tanto, el cristiano está llamado a perdonar siempre. El perdón no es una debilidad, sino una participación en la misericordia de Dios. Como afirma Santo Tomás, “nada asemeja más al hombre con Dios que el perdonar” (In Mattheum, c.18).
Perdonar “siete veces al día” significa que cada ofensa debe ser superada por un amor más grande. Así se construye la comunión cristiana y se rompe la cadena del resentimiento.
Ante estas exigencias, los apóstoles exclaman: “Auméntanos la fe” (Lc 17,5). Comprenden que amar y perdonar de esa manera no es posible con fuerzas humanas. Jesús responde: “Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este sicómoro: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y os obedecería” (v.6).
Cristo revela así el poder sobrenatural de la fe. Santo Tomás explica que la fe, aunque pequeña en apariencia, contiene una fuerza inmensa porque se apoya en el poder de Dios, no en el del hombre (Commentarium in Lucam). No es cuestión de cantidad, sino de autenticidad: una fe viva, aunque sea mínima, puede mover lo imposible, porque une al alma con la omnipotencia divina.
La imagen del árbol arrancado simboliza el arrancar del corazón las raíces del pecado, del odio y del orgullo. Con fe, el discípulo puede transformar lo imposible —como perdonar de corazón o vencer el mal con el bien— en una realidad de gracia.
El pasaje de Lucas 17, 1–6 invita a una triple purificación interior:
- Purificar la conducta, para no escandalizar.
- Purificar el corazón, para perdonar sin medida.
- Purificar la mirada, confiando en el poder de la fe.
El cristiano maduro no se escandaliza fácilmente, no guarda rencor, y confía en que Dios puede obrar maravillas en la debilidad humana. La fe auténtica no se mide en palabras, sino en actos concretos de amor y misericordia.
Este fragmento evangélico une la moral cristiana y la vida teologal:
- La moral, al exigir la corrección y la pureza de vida.
- La fe, al ser la fuerza que permite cumplir esas exigencias.
Como enseña Santo Tomás, “la fe opera por la caridad” (Gal 5,6): solo la fe que ama puede perdonar y edificar.
Por tanto, el discípulo que evita el escándalo, corrige con amor y perdona sin límite se convierte en imagen viva de Cristo, que en la cruz perdonó y salvó con la fuerza infinita de su fe en el Padre.
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