El viento roto (Chitimacha)
(Relato mítico inspirado en la tradición del pueblo Chitimacha, guardianes del río y del aire del sur de Luisiana)
Dicen los ancianos que, en los días primeros, el aire era una sola respiración que unía a todos los seres. Soplar, cantar o suspirar eran lo mismo, porque todo formaba parte del mismo aliento sagrado. El Gran Espíritu lo llamó Híshi, el Viento Único.
Híshi corría libre por los pantanos y sobre las aguas del Mississippi, llevando las voces de los hombres hasta los dioses. Cuando los Chitimacha ofrecían su canto matinal, el viento los escuchaba y respondía con brisas suaves. Pero un día, los hombres olvidaron su gratitud. Cantaron sin fe, hablaron sin respeto, y Híshi se sintió herido.
—Ya no me entienden —susurró—. Los hombres usan mi voz para gritar, no para rezar.
El Gran Espíritu, triste, intentó calmarlo, pero Híshi se quebró. Se rompió en mil corrientes que huyeron en direcciones distintas. Una se hizo viento del norte, fuerte y frío. Otra, viento del sur, cálido y rebelde. Las demás se desperdigaron, cada una con un temperamento distinto. Así nació el viento roto, el caos de los aires que ya no se reconocen entre sí.
Desde entonces, el mundo perdió la armonía. A veces el norte choca con el sur y nacen las tormentas; otras, el este y el oeste se enfrentan y levantan huracanes sobre los campos.
Los sabios Chitimacha enseñan que el viento aún recuerda su unidad perdida. Por eso, en los días de calma, cuando la brisa pasa entre los cañaverales y las aguas se mueven apenas, se escucha un susurro:
“No me olvides, soy el aliento que te dio la vida.”
En las ceremonias del río, los ancianos arrojan pétalos al agua y soplan suavemente, para que sus palabras viajen por las corrientes. Dicen que así, por un instante, el Viento Único se recompone y respira completo otra vez.
Y cuando una tormenta rompe los cielos y los árboles se inclinan, los más viejos no huyen: levantan la mirada y murmuran con reverencia:
“Es Híshi buscando su voz, tratando de volver a ser uno.”
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