El robo del fuego (Uritchiti)
(Relato mítico del pueblo Uritchiti, del sureste indígena norteamericano)
En los primeros días del mundo, los hombres vivían en la oscuridad. No conocían el fuego ni el calor. Sus noches eran frías y los animales del bosque se burlaban de ellos porque temblaban bajo la lluvia.
El fuego pertenecía a los Espíritus del Trueno, que lo guardaban dentro de una montaña de piedra. Nadie podía acercarse, porque los rayos caían sobre quien lo intentara. Los hombres enviaron a los animales más fuertes a buscarlo: el oso fue el primero, pero su pelaje se chamuscó. Luego fue el lobo, pero la montaña rugió y lo arrojó lejos.
Por fin, el pueblo llamó a Ziwah, el halcón rojo, rápido y silencioso. Ziwah voló tan alto que los truenos no lo vieron. Descendió en picada, cruzó las nubes y, con sus garras, arrancó una chispa ardiente del corazón de la montaña. El trueno lo persiguió, pero el halcón se internó en las nubes y desapareció.
Cuando descendió sobre la aldea, la chispa aún ardía entre sus plumas. Cayó exhausto sobre una piedra, y los hombres corrieron a avivar aquella pequeña luz. Soplaron con cuidado, alimentaron la brasa con hojas secas y ramas del este, del oeste, del norte y del sur. Y así nació el fuego de los hombres.
El halcón, herido, extendió sus alas ennegrecidas, y su pecho brilló con un fulgor rojo. Desde entonces, los Uritchiti dicen que los halcones llevan en su plumaje el recuerdo del fuego robado.
Cada año, en la ceremonia del Fuego Nuevo, los ancianos trazan un círculo con cuatro maderas y encienden la llama con la danza del viento. Cuando la brasa enciende, todos levantan las manos al cielo y dicen:
“Recordamos a Ziwah, el que voló más allá del trueno.”
Y así, el fuego continúa viajando de generación en generación, no como un robo, sino como un regalo conquistado con valor.
Los niños aún aprenden que el fuego no pertenece a nadie, porque fue traído por aquel que desafió a los dioses para dar calor al corazón del mundo.
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