El clamor del ciego y la luz de la fe

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Noviembre 17, 2025

1 Macabeos 1, 10-15. 41-43. 54-57. 62-64 Salmo 118, 53. 61. 134. 150. 155. 158 Lucas 18, 35-43

Memoria de Santa Isabel de Hungría, religiosa

 Ayúdame, Señor, a cumplir tus mandamientos

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El clamor del ciego y la luz de la fe

El pasaje de Lucas donde Jesús devuelve la vista al ciego de Jericó es una de las escenas más interesantes del Evangelio, porque no sólo muestra un milagro físico, sino la revelación interior de la fe que ve más allá de la carne. En el borde del camino, el ciego simboliza a la humanidad que busca a tientas la luz divina, rodeada por el ruido del mundo que intenta acallarla. Aun así, su voz se eleva por encima de la multitud: “¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!”.

Santo Tomás de Aquino enseña que la fe es el principio del conocimiento sobrenatural, un acto de la inteligencia movido por la voluntad bajo el impulso de la gracia. En aquel hombre sin vista se manifiesta precisamente esa fe que precede a la visión, porque él cree antes de ver, confía antes de comprobar. Su clamor es la expresión de una razón iluminada por la esperanza, una inteligencia que, aunque no percibe las formas del mundo, reconoce en Cristo al Salvador prometido.

Jesús no se limita a concederle la vista; le pregunta primero qué quiere que haga por él. Con este gesto, el Señor despierta la libertad del alma, porque ningún milagro es verdadero si no brota del consentimiento del corazón. El ciego pide ver, y al hacerlo confiesa implícitamente su fe en que sólo Cristo puede abrirle los ojos. Santo Tomás diría que la gracia no violenta la naturaleza, sino que la perfecciona: el deseo humano se encuentra con la acción divina, y en ese encuentro florece la salvación.

Cuando el hombre recupera la vista, no se marcha a gozar del mundo, sino que “seguía glorificando a Dios”. La visión no lo lleva a la dispersión, sino a la adoración. La fe, entonces, se convierte en visión contemplativa; la ceguera exterior se trueca en una mirada interior que discierne el bien y reconoce la luz eterna. En la doctrina tomista, el entendimiento humano tiende naturalmente a la verdad, y toda verdad es participación en la Verdad divina. De modo que el milagro es un signo visible de esa elevación del intelecto hacia su fin último: Dios mismo.

Así, el ciego de Jericó nos enseña el camino de toda alma que busca a Cristo: la perseverancia en la súplica, la humildad del que reconoce su miseria, la confianza que no se deja vencer por las voces del mundo, y la alegría del que, una vez tocado por la gracia, sigue al Señor con el corazón iluminado. Porque la verdadera vista no consiste en percibir las formas sensibles, sino en descubrir en todo la presencia del Amor que salva.

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