Noviembre 25, 2025
Daniel 2, 31-45 Daniel 3, 57. 58. 59. 60. 61 Lucas 21, 5-11
Martes de la XXXIV semana del Tiempo ordinario
Bendito seas para siempre, Señor
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Los signos del fin: el llamado a la esperanza firme
Cuando algunos admiraban la belleza del templo y las ofrendas que lo adornaban, Jesús anuncia su futura destrucción. Las palabras del Señor descolocan a los discípulos: donde ellos ven esplendor y permanencia, Él ve fragilidad y tránsito. No desprecia la belleza del templo, pero les enseña a no poner su confianza en lo que pasa. Todo lo que el hombre construye, por más grandioso que parezca, está destinado a desaparecer. Solo la Palabra de Dios permanece.
Santo Tomás de Aquino explica que la contemplación de las realidades sensibles debe conducirnos a las invisibles. Cuando el alma se apega a los bienes temporales, olvida su verdadera patria. Por eso Jesús advierte: “No quedará piedra sobre piedra.” No es una amenaza, sino una pedagogía. El templo de Jerusalén, símbolo de la gloria humana, debía caer para que naciera el templo vivo del Espíritu. En la visión católica, este anuncio se cumple históricamente con la destrucción de Jerusalén, pero tiene también un sentido espiritual y escatológico: toda obra humana, incluso religiosa, debe purificarse en el fuego del amor divino.
Los discípulos preguntan cuándo ocurrirá todo y cuáles serán las señales. Cristo responde con palabras que parecen duras, pero esconden una enseñanza de sabiduría: no se dejen engañar. Muchos dirán venir en su nombre, pero el verdadero Cristo no se impone con miedo, sino con verdad. Santo Tomás afirma que las falsas señales son pruebas permitidas por Dios para purificar la fe. Quien ama sinceramente no busca señales espectaculares, sino la constancia en el bien.
Jesús anuncia guerras, terremotos, hambres y persecuciones. Sin embargo, no invita al terror, sino a la vigilancia. La doctrina católica enseña que los males del mundo no deben interpretarse como ausencia de Dios, sino como ocasiones para la conversión. Cristo no promete una historia sin dolor, sino una salvación que atraviesa el sufrimiento. En medio de los temblores de la tierra, Él ofrece la estabilidad del corazón que confía.
Santo Tomás señala que el temor servil —a perder lo terreno— debe transformarse en temor filial —a ofender el amor de Dios—. Así, las tribulaciones no destruyen la fe, sino que la purifican. Los verdaderos discípulos no viven pendientes de los signos externos, sino de la presencia interior del Espíritu que guía con paz. Cuando todo parece derrumbarse, el creyente ve nacer un cielo nuevo en su alma.
Este pasaje, leído con mirada cristiana, no es anuncio de ruina, sino de esperanza. Jesús revela que el fin del mundo visible no es el fin de la historia, sino su plenitud. Todo se desmorona para que lo eterno resplandezca. Por eso, cuando el creyente contemple los signos del tiempo, debe recordar las palabras del Maestro: “No tengan miedo.” La fe no huye del dolor, lo atraviesa confiando en que el Señor es quien gobierna los tiempos y hace nuevas todas las cosas.
- Vigilar con esperanza: el día que llega sin aviso
- Velar y orar: la vigilancia del corazón ante el fin
- La higuera y la palabra que no pasa
- La redención se acerca: esperanza en medio de la desolación
- Perseverar en la fe: el testimonio en medio de la prueba
- Los signos del fin: el llamado a la esperanza firme

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