La redención se acerca: esperanza en medio de la desolación

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Noviembre 27, 2025

Daniel 6, 12-28 Daniel 3, 68. 69. 70. 71. 72. 73. 74 Lucas 21, 20-28

Jueves de la XXXIV semana del Tiempo ordinario

Día de Acción de Gracias

Bendito seas para siempre, Señor

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La redención se acerca: esperanza en medio de la desolación

Jesús, al anunciar la destrucción de Jerusalén, no habla solo de un suceso histórico, sino de la purificación del corazón humano y de la victoria final del Reino de Dios. Las imágenes de guerra, huida y angustia que describe no son para infundir terror, sino para despertar la conversión. El Señor revela que incluso en medio del caos, su providencia guía la historia hacia la redención. La ruina de la ciudad santa anticipa el fin del mundo viejo, dominado por el pecado, y la irrupción del mundo nuevo donde reina la justicia de Dios.

Santo Tomás de Aquino enseña que el temor puede ser principio de sabiduría cuando conduce al bien. El anuncio de los castigos divinos no es venganza, sino medicina. Dios sacude el alma para que se despierte del sueño del egoísmo. Así, los signos del fin no deben leerse como condena, sino como advertencia amorosa. En el dolor del juicio hay una semilla de esperanza: lo que se destruye es lo perecedero, para que surja lo eterno.

Jesús usa un lenguaje apocalíptico: “habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas.” Estas palabras revelan la dimensión cósmica de la salvación. La creación entera, que gime por el pecado, participará de la renovación final. Santo Tomás comenta que los cuerpos celestes, símbolo de la estabilidad, serán conmovidos para manifestar que solo Dios es inmutable. Todo lo creado se estremecerá, no por furia, sino por obediencia al Creador que instaura su Reino.

En medio de la confusión de los hombres, Cristo pronuncia la frase que transforma el miedo en consuelo: “Cuando sucedan estas cosas, erguíos y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación.” En esas palabras resuena el corazón del Evangelio. No se trata de escapar del dolor, sino de descubrir en él la cercanía del Redentor. El discípulo no baja la cabeza ante el juicio, sino que la levanta, porque su esperanza no está en el mundo, sino en el Señor que viene.

Esta es la promesa escatológica de la segunda venida de Cristo. No sabemos el día ni la hora, pero cada generación está llamada a vivir vigilante. La historia, aunque marcada por la violencia, está en manos de Dios. Santo Tomás enseña que la esperanza cristiana no se apoya en probabilidades humanas, sino en la fidelidad divina. Por eso el creyente puede contemplar los signos del fin sin miedo, porque sabe que la última palabra la tiene el amor.

El mensaje de Jesús no es el del fin del mundo, sino el del nacimiento de uno nuevo. En la oscuridad que precede al amanecer, el cristiano aprende a mirar más allá de las ruinas, hacia la gloria que no pasa. En cada época de tribulación, la Iglesia escucha el mismo llamado: mantener la cabeza erguida, no por orgullo, sino por esperanza. Porque cuando todo parece perderse, es entonces cuando el Reino de Dios está más cerca.

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