La muerte del Yanasee (Creek)
Relato mítico del pueblo Muscogee
En los tiempos antiguos, cuando los bosques eran tan densos que el sol tardaba en tocarlos, existía una criatura conocida sólo por los ancianos y por los sueños de los chamanes:
el Yanasee, espíritu de la noche boscosa, guardián de las sombras y de los secretos que no deben ser pronunciados.
El Yanasee vivía entre los cipreses, silencioso, esperando cada atardecer para caminar sin dejar huella. Algunos decían que tenía la forma de un gran felino; otros, que era como un hombre envuelto en niebla oscura; otros más juraban haber visto ojos amarillos observando desde el musgo colgante.
Pero todos coincidían en una cosa: donde aparecía el Yanasee, el bosque escuchaba.
Un día, una aldea Creek comenzó a ser visitada por un miedo extraño. Las cosechas se marchitaban antes del amanecer, los niños despertaban sin voz, y los cazadores encontraban animales muertos sin señal de lucha, como si la vida les hubiese sido simplemente retirada.
Los ancianos comprendieron: el Yanasee estaba hambriento.
Convocaron entonces al más joven de los chamanes, Tchula, un hombre de corazón limpio y oído atento. Él sabía que el Yanasee no era una bestia mala, sino una criatura cuyo equilibrio debía ser respetado.
—Si ha roto la paz —dijo Tchula—, no es por crueldad. Es porque alguien quebró un antiguo pacto.
Guiado por sueños, Tchula se internó en el bosque. El silencio era tan profundo que parecía oír la respiración de la tierra. Allí, entre raíces enormes, lo vio: el Yanasee, debilitado, temblando, con los ojos encendidos como brasas húmedas.
—Tus manos humanas destruyeron mi sombra —susurró la criatura—. Los árboles caídos, el río desviado… mis dominios mueren, y yo debo morir con ellos.
Tchula comprendió entonces que la criatura sagrada estaba atada a la salud del bosque. Y ese bosque había sido lastimado por la ambición de los hombres.
El Yanasee se acercó lentamente. Su voz sonó como viento atrapado entre las hojas:
—Debo irme. Mi muerte será la noche más larga que hayan visto. Pero en la oscuridad aprenderán de nuevo a escuchar.
Tchula lloró mientras la criatura se desvanecía como humo. Cuando el Yanasee murió, la noche cayó de golpe sobre la tierra. Por tres días no hubo amanecer; el mundo respiraba bajo un enorme manto negro. La gente tembló, pero también reflexionó.
El tercer día, un suspiro cálido recorrió el bosque: era el último aliento del Yanasee. Y entonces nació el nuevo sol, más rojo que nunca, como si hubiera atravesado un recuerdo triste antes de despertar.
Los Creek reconstruyeron el bosque, desviaron el río a su cauce antiguo, y realizaron una gran ceremonia en silencio. Desde entonces, dicen:
“Mientras cuidemos la sombra del bosque, la sombra jamás vendrá por nosotros.”
Y cuando la noche cae rápidamente o un susurro recorre los troncos, los ancianos murmuran:
“El Yanasee no ha sido olvidado.
Su muerte fue semilla.
Su sombra, enseñanza.”
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