Los osos y el fuego (Alabama)
(Relato mítico inspirado en la tradición del pueblo Alabama)
Hace mucho tiempo, cuando la tierra era joven y los hombres aún no conocían el fuego, los bosques dormían bajo el frío y la oscuridad. Los animales se agrupaban para resistir la noche, y cada uno soñaba con una luz cálida que nunca había visto.
Entre todos, los más fuertes eran los osos. Ellos caminaban erguidos y hablaban con voz profunda, como los truenos de la montaña. Uno de ellos, el más viejo, había oído rumores: en el norte, más allá del río que nunca se congelaba, vivía una tribu de espíritus que poseían el fuego. Lo guardaban dentro de un tronco hueco, y sólo lo dejaban salir para cocinar o alumbrar sus danzas.
Una noche, los osos se reunieron en consejo.
—Si ellos tienen fuego —dijo el anciano—, también nosotros deberíamos tenerlo. El bosque nos pertenece tanto como a los hombres.
Decidieron entonces robarlo. Partieron al amanecer, avanzando en silencio entre los árboles helados. Cuando llegaron al campamento de los espíritus, vieron el fuego danzando dentro del tronco, respirando como un ser vivo.
El más joven de los osos, movido por la impaciencia, metió la pata en el tronco y atrapó una llama. Pero el fuego, celoso de su libertad, le mordió. Con un rugido, el oso agitó la mano y esparció brasas por el bosque. Donde caían, el hielo se derretía y la vida regresaba.
Los espíritus despertaron furiosos y lanzaron rayos tras los intrusos. Los osos corrieron hacia el sur, llevando en su pelaje las chispas del fuego robado. Finalmente, agotados, se escondieron en una cueva. Allí, el anciano les habló:
—El fuego no pertenece a nadie. Debemos dejarlo en manos de los hombres, que saben hablar con los dioses. Pero nosotros lo guardaremos en nuestros cuerpos, para no olvidar lo que vimos.
Así lo hicieron. Los hombres hallaron las brasas encendidas en la cueva y aprendieron a mantenerlas vivas. Y desde entonces, los osos llevan dentro de sí el recuerdo del fuego: por eso duermen durante el invierno, soñando con su calor, y por eso su pelaje reluce al sol con destellos dorados.
Los ancianos Alabama dicen que cuando un oso se pone de pie frente a una hoguera, el fuego lo reconoce y no lo quema, porque ambos nacieron de la misma llama.
Y cuando las brasas crepitan al caer la noche, si escuchas con atención, oirás su voz grave murmurando en el viento:
“Nosotros fuimos los primeros que tocaron el fuego, y todavía lo llevamos en el corazón.”
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