Noviembre 20, 2025
1 Macabeos 2:15-29 Salmo 49, 1-2. 5-6. 14-15 Lucas 19, 41-44
Jueves de la XXXIII Semana del Tiempo Ordinario
Dios salva al que cumple su voluntad
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Las lágrimas de Dios sobre la ciudad del alma
Cuando Jesús se acerca a Jerusalén y llora sobre ella, se revela la hondura del amor divino frente al corazón endurecido del hombre. Aquel llanto no es un gesto de debilidad, sino una expresión de caridad perfecta. Cristo contempla a la ciudad elegida, destinada a ser casa de oración, y percibe en ella la obstinación que la llevará a la ruina. En esas lágrimas se funden la misericordia de Dios y la justicia que el pecado provoca.
Santo Tomás de Aquino enseña que en Cristo se unen de modo pleno la compasión y la sabiduría divina. Al llorar, el Señor no padece ignorancia del futuro, sino que se duele porque el hombre, con su libertad, se cierra a la gracia. La visión de Jerusalén simboliza a toda alma que, habiendo recibido la luz de la revelación, rechaza el don de la conversión. Por eso el llanto de Jesús es también una llamada a cada corazón: el deseo de que nadie perezca, sino que todos se salven.
La doctrina católica ve en este pasaje el misterio de la paciencia divina. Dios no impone la salvación; ofrece su paz, pero respeta la libertad humana. “Si conocieras el mensaje de paz”, dice Jesús. Esa paz es Él mismo, la reconciliación entre el cielo y la tierra. Quien no la reconoce queda expuesto al caos de su propio interior. El rechazo de Jerusalén prefigura la ceguera espiritual que sobreviene cuando el alma prefiere la seguridad de lo terreno a la confianza en Dios.
Para Santo Tomás, el pecado oscurece la inteligencia y desordena la voluntad. Jerusalén, cegada por su orgullo, no ve el momento de su visita, como el alma que, ocupada en sus propias obras, no percibe la gracia que pasa junto a ella. Por eso las lágrimas del Salvador son las lágrimas del Amor que busca al hombre perdido. No son lágrimas de derrota, sino de una esperanza que se entrega hasta la cruz.
En este gesto se revela la pedagogía de Dios: el dolor divino no es desesperación, sino enseñanza. Cristo llora para que nosotros aprendamos a llorar nuestros pecados y los del mundo. Quien mira al Señor llorando sobre Jerusalén comprende que la conversión no es un simple cambio moral, sino una respuesta de amor. Cuando el alma reconoce su miseria y se abre a la gracia, entonces se hace morada de la verdadera paz que Jesús ofrece.
Así, el llanto de Cristo es un sacramento del corazón de Dios: una advertencia y una promesa. Es advertencia, porque muestra las consecuencias de la obstinación; y es promesa, porque incluso en medio de la ruina, su misericordia sigue esperando. Jerusalén será destruida, pero de sus ruinas brotará la Iglesia, nueva ciudad de Dios donde habita la paz. Y toda alma que acoja el llanto del Salvador en su corazón se transformará también en templo vivo de su amor.
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